Café Filosófico en Vélez-Málaga 8.9

16 de junio de 2017, Cafetería Área Cuattro, 17:30 horas.

¿Por qué no le querían? ¿Por qué clausuraban la tapa de su ataúd? ¿Por qué no le dejaban hablar? ¿Por qué no permitían que le viesen? ¿Por qué no querían su libertad? Hacía ya cinco o seis años que le habían borrado de la faz de la tierra. La guerra debía haber terminado. Ninguna guerra puede perdurar tanto, ninguna guerra podía exterminar a tanta gente porque no había tanta gente para matar. Si la guerra había terminado todos los muertos estarían enterrados y liberados todos los prisioneros. ¿Por qué no le liberaban también a él? ¿Por qué a menos que le dieran por muerto? ¿Y si era así por qué no le mataban por qué no ponían fin a su sufrimiento? ¿Por qué estaba prisionero? No había cometido delito alguno. ¿Qué derecho tenían a retenerle? ¿Qué razón tenían para ser tan desalmados con él? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Dalton Trumbo, Johnny cogió su fusil

¿Tenemos miedo de la realidad de la muerte o de la idea de la muerte? El hecho es una cosa, y la idea del hecho es otra. (…) Así que he de ver con toda claridad si tengo miedo de la palabra, de la idea o del hecho. Si estoy cara a cara con el hecho, no hay nada que comprender al respecto: el hecho está ahí, y puedo hacerle frente. Pero si me da miedo la palabra, tengo que entenderla, sumergirme en la totalidad del proceso de lo que significa esa palabra, ese término.

Krishnamurti, La libertad primera y última

 

¿Qué es para mí la eutanasia?

Cómo nos relacionamos con la muerte señala cómo vivimos. Nuestra cultura se ha habituado a menudo a vivir de espaldas al hecho de la muerte, buscando refugios allí donde posponer u ocultar nuestras soterradas cuitas humanas. Así, en otros tiempos, en otras culturas aunque nos parezca a veces insensible- su trato con la muerte y los que han de morir se presentaba de manera no problemática, o quizás menos problemática de lo que se nos está apareciendo en nuestra cultura occidental moderna. De una manera mucho menos natural. Los participantes de este café filosófico, último de la temporada, mencionaron con emoción la película La balada de Narayama, para apostillar esta idea de la aceptación más natural de la muerte. Durante el transcurso de la discusión dijeron que, en nuestra cultura, han confluido dos factores que pueden explicar esta relación nuestra más problemática con la muerte propia o la de los demás: por un lado, la dominante tradición judeocristiana, con su moral del justo premio al sufrimiento y de la culpa, y por otro lado, los avances tecnocientíficos del último siglo, que permiten prolongar la vida artificialmente hasta extremos a veces inconcebibles. La convergencia de estas dos fuerzas ha generado el difícil problema de la eutanasia, que los participantes quisieron abordar sin tapujos aquella tarde, a partir de sus propias experiencias.

Como si se tratara de los miembros de un comité de ética, que hubieran de realizar propuestas para una ley de la muerte digna. Y si es el caso que te planteas que es altamente improbable que tú tengas que decidir algo así en el marco de un comité de ética, o bien, en el de un jurado que hubiera de dictar sentencia sobre algún caso en que se haya practicado ilegalmente la eutanasia, vengo a decirte, de la mano de estos participantes en este café filosófico, que no será raro que se te presenten en el futuro situaciones personales en las cuales tengas que lidiar con una situación como ésta. Es cuestión de tiempo, o mejor, de edad. Así pues, quédate con nosotros y podrás clarificarte un poco. Para cuando sea menester.

Es preciso destacar el entorno especial -tan emblemático- en donde se celebró este último café filosófico de la temporada: el patio de la meditación del antiguo Convento de las Carmelitas de Vélez. Y gracias a la colaboración activa de la cafetería ÁREA QUATTRO, que adoptaremos muy posiblemente como sede “de verano” para nuestros encuentros, cuando el calorcillo apriete. Allí, reconfortados por la brisa que circulaba por entre las columnas del antiguo claustro carmelita, cada uno refirió cómo venía ese día. Aparte del calor del mes de junio, qué sensación, qué emoción traían a la reunión. Y para conectar directamente con ella, una breve meditación, en un lugar de meditación y recogimiento como aquel, podría ayudar bastante. Bienestar. Tranquilidad. Expectación. Contento. Paz. Ilusión. Dicha. Serenidad. Relajación. Apertura. Fuerza. Curiosidad. Comodidad. Centramiento. Alegría. Disposición. Calma. (Esperamos que te resulten contagiosas algunas de estas sensaciones).

El grupo decidió para tratar con el problema, que luego se descubrió ético, transitar por el siguiente itinerario: definir lo que es la eutanasia, el concepto de esta buena (o digna) muerte, discutir su consistencia; fijar cada uno su posición a favor o en contra, con sus matices, de la eutanasia, después de una maduración conjunta del tema; y establecer entre todos aquellas condiciones necesarias o mínimas para la práctica aceptable de la eutanasia, si es que no habría de negarse de una manera absoluta esta posibilidad, cosa improbable en el seno de un grupo que discute y dialoga de veras. Para empezar, poder discernir muy claramente qué es eutanasia se antojaba al grupo un asunto crucial. Construir el problema para resolverlo en los casos particulares. Un problema humano que necesita, así, definición humana. Lógico. Primero se estableció, citando a Heráclito (“El camino hacia abajo y hacia arriba de una escalera son uno y el mismo”), que la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda y que, aunque no lo pareciera a alguno, este tema es muy filosófico, pues si la filosofía trata del bien vivir, la eutanasia trata de su reverso, de cómo bien morir. Y, a continuación, se estableció que la eutanasia tiene que ver con el sufrimiento extremo, físico o psicológico, que contiene un momento de decisión ineludible, moral pero también de orden social, puesto que esta decisión sobre la propia vida, este tránsito personal a la muerte, requiere de la intervención de otros (si uno puede causar y causa su propia muerte, lo llamaríamos suicidio, y de eso no hablamos ahora), requiere así de una ayuda de otros que se hacen cargo (y se responsabilizan a la par) de un final digno a una vida digna. ¿Se les escapa algún componente importante de la definición a nuestros participantes? Tú, de haber estado allí, ¿qué habrías añadido?

Satisfechos ellos de su contemplación teórica de la eutanasia, dan paso a una ronda de intervenciones personales, pero justificadas, que se alineen a favor o en contra de su práctica en los casos que fueran pertinentes, según la definición dada. Es obvio que la participación dialógica en las condiciones, significaba el asentimiento tácito del hecho; pero una definición no es nada, comparado con la vida. Uno puede aceptar la definición, pero no la aplicación práctica a una situación real. Y ahí está el verdadero problema. Por ejemplo, ¿hay aquí, en este momento, sufrimiento extremo? ¿Quién debe decidir en un determinado caso?

-Vamos a votarlo, a ver… si estamos a favor o en contra.

-El moderador: esto no es una cuestión de votos ni de mayorías. La democracia tiene su límite en la moral personal. Hay cuestiones personales más allá de las mayorías.

-Vale. Yo lo considero un derecho humano.

-Es algo sagrado. “Mi” dios entendería mi decisión.

-¡¿Y qué tiene que ver aquí la religión, hombre?!

-Lo digo porque se piensa a veces que la oposición a este tipo de cuestiones viene de la religión…

-El moderador: te entendemos… Gracias.

-Insisto: esto no es asunto de la religión.

-El moderador: pero mira, hemos dicho antes que la decisión sobre la eutanasia tiene un componente social… y ahí entraría la base religiosa, en la forma de creencias… ¿te parece?

-Vale, de acuerdo.

-Yo reservaría la eutanasia para los casos de sufrimiento baldío.

-El moderador: ¿qué quieres decir, que el sufrimiento es baldío…?

-No quiero decir eso. Me refiero a un sufrimiento irrecuperable, irreversible.

-En España, hemos pasado, en un tema así, de la negación rotunda de la época predemocrática al ensañamiento terapéutico actual, que prolonga la vida sin sentido. Contra esto, estoy totalmente en desacuerdo.

-Me he permitido buscar en Internet (Wikipedia) desde cuándo existe la eutanasia, que es la pregunta que lanzó antes el compañero.

-¿Y qué has encontrado?

-Que está desde siempre: en la antigüedad no había discusión sobre ello, se practicaba y punto; en la Edad media estaba prohibido y era mal visto, un pecado más; y en la actualidad, pueden contarse muchos modos de entender la eutanasia, unos más aceptables que otros para cada cual.

En un momento crucial del debate, un participante -muy experto ya en estos diálogos filosóficos- acertaba con el fondo de la problemática de la eutanasia: la aceptación de la muerte. Sucede la muerte; pero cómo me relaciono yo con ello. Había vivido la muerte cercana en el tiempo de dos hermanos suyos, cada uno con una actitud muy diferente respecto a su final aquí, uno aceptándolo, otro resistiéndose; y no murieron lo mismo.

Seguidamente, el moderador percibió que era tiempo de comenzar a abordar la tercera fase de nuestro itinerario: en qué condiciones debemos practicar la eutanasia, con qué garantías. Inclusive en nuestro país, que está prohibida la eutanasia activa -la más problemática-, ya se practica alguna forma de eutanasia indirecta, pasiva o paliativa, así que no a mucho tardar podemos darnos de frente con alguna situación familiar cercana en la habremos de tener las ideas mínimamente claras. De este modo fueron planteándose algunos interrogantes centrales en este tipo de decisiones, personales pero de implicaciones para las demás personas que nos rodean. Aquí, la finura de los análisis es clave para el diseño de normas que regulen una salida digna de la vida y que también sean capaces de prevenir abusos posibles. Pero se convino en que lo más que podían hacer los participantes era el abordaje de las cuestiones éticas implicadas en la eutanasia. Fingirnos un comité de ética, previo al diseño normativo y legal, que trasladara luego sus conclusiones al legislador, para que no fueran obviadas. Si bien es cierto que éste sería un debate que excede el ámbito de un simple comité de ética, pues afecta a toda la sociedad y necesita un debate adecuado y mucho más amplio, que es necesario abordar.

Así lo piensa y lo dicen con firmeza los participantes. Algunas preguntas que discutieron nuestros protagonistas: si hablamos de muerte digna, el bien, ¿para quién se busca, para el sujeto o para los demás, o para ambos? Sin el sí consciente del sujeto, ¿puede aceptarse la práctica de la eutanasia? Y si ha manifestado anteriormente que no desea que se le practique, ¿debemos respetar siempre, en todos los casos, ocurra lo que ocurra después, su voluntad? ¿Y qué debemos hacer en el caso de los niños, quién decide? ¿Y si no se ha manifestado en ningún sentido la persona, objeto de la eutanasia?

Pero, un momento: dicha persona, ¿es sujeto u objeto de eutanasia? Se cita, en un momento dado de la discusión de estos interrogantes, la película Mar adentro, de Amenabar, que es y no es un buen ejemplo de eutanasia. Si la persona lo pide tan clara y tan conscientemente como Ramón Sampedro, ¿es inaceptable la posición contraria de los demás que le rodean?

Todas estas cuestiones sirvieron para que los participantes se aclarasen a sí mismos un poco más, cómo procederían en un caso que se les presentara. Tú puedes plantearte también, cual miembro de un comité de ética, estas cuestiones u otras que consideres relevantes, que luego te ayuden a tomar tus propias decisiones morales. Finalmente, pidieron al moderador un resumen de lo hallado, así lo hizo a gusto de todos, se felicitaron, se desearon buen verano con besos y abrazos, no sin antes hacerse unas fotos de todos en aquel espacio tan singular, el patio de la meditación del convento carmelita, y se despidieron hasta el día 20 de octubre del corriente, si no era antes.

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