El 19 de enero a las 17:30h en Cafetería Bentomiz

Muchas veces permitimos entrar en nuestro círculo más íntimo a los chismosos, a los envidiosos, a gente autoritaria, a los psicópatas, a los orgullosos, a los mediocres, en fin, a gente tóxica, a personas equivocadas que permanentemente evalúan lo que decimos y lo que hacemos, o lo que no decimos y no hacemos. Se trata de “personas tóxicas” que potencian nuestras debilidades, nos llenan de cargas y de frustraciones. Ellas, por cierto, saben todo lo que pasa en el ojo ajeno, pero se olvidan de ver lo que tienen en el propio.

Bernardo Stamateas

 

La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento mismo se vuelve creador y engendra valores: el resentimiento de aquellos seres a quienes les está vedada la auténtica reacción, la de la acción, y que se desquitan triunfalmente con una venganza imaginaria. Mientras que toda moral noble nace de un triunfante sí dicho a si mismo, la moral de los esclavos dice no, ya de antemano, a un “fuera”, a un “otro”, a un “no-yo”; y ese no es lo que constituye su acción creadora. Esta inversión de la mirada que establece valores –este necesario dirigirse hacia fuera en lugar de volverse hacia sí– forma parte precisamente del resentimiento: para surgir, la moral de los esclavos necesita siempre primero de un mundo opuesto y externo, necesita, hablando fisiológicamente, de estímulos exteriores para poder en absoluto actuar: su acción es, de raíz, reacción.

Friedrich Nietzsche

¿Qué es un ambiente tóxico humano?

 

Dicen que hay personas “tóxicas”, o incluso con mayor precisión, ambientes familiares, laborales, sociales, que son “tóxicos”. En ocasiones podemos obviarlos. Pero, ¿qué sucede cuando no podemos, cuando hemos de convivir necesariamente en medio de este tipo de ambientes? Dijeron nuestros participantes que esta situación humana se da cuando nos sentimos limitados para poder crecer, para ser nosotros mismos, y sentimos daño e impotencia. Tú lo habrás vivido alguna vez… Lo que no sé, es si te habrás planteado por qué desprenden toxicidad algunos ambientes, por qué algunas personas se nos muestran tóxicas. ¿Qué les pasa? Quizás sólo son como tú y yo, pero que la manera de dar salida personal a sus propias carencias produce estos efectos en los demás… Quizás cabría comprender –desde sí mismos– a estas personas, que percibimos como tóxicas. Te lo habrías planteado, si hubieras asistido a nuestro café filosófico. Y, en ese caso, ¿qué hacer, cómo proceder, si nos toca el estar sumergidos en un ambiente de este tipo? Algunas respuestas, las podrás encontrar en el relato seguido de lo que allí aconteció aquella tarde, en la Cafetería Bentomiz de Vélez-Málaga. Por si acaso no pudiste asistir…

 

 

Una vez explicado el fundamento y las reglas de este encuentro filosófico, dada la abundante asistencia de nuevos participantes, y aprovechando la proximidad de las olimpiadas filosóficas de Andalucía, cuya temática giraba en torno a la revolución y a la utopía, el facilitador propone la

 

siguiente cuestión de autorreflexión: ¿Qué puedo hacer yo –o bien, creo que hago ya– por un mundo mejor? El mundo existe sin nosotros, pero se hace con nosotros. De qué manera, es también nuestra responsabilidad. Y fueron veintisiete acciones para un mundo mejor… Interesarme por las personas que viven solas, ayudar a los demás, a que puedan ver el lado bueno de las cosas, sin escapismos, contribuir a una “cadena de favores”, calladamente pero activamente, solidarizarme, ofrecer amor, ayudar a cubrir necesidades, acoger la soledad de las personas, mantener una mente abierta para poder comprender a los demás, comprendiéndome primero yo a mí mismo, valorar lo que uno tiene y compartirlo en la medida de lo posible, vender utopías gratis, defender las causas al parecer perdidas, luchar contra el sistema yendo a favor de mí mismo, ayudar a calmar las situaciones difíciles, promover la paz interior es la manera de no proyectar problemas fuera, procurar ponerme en el lugar del otro, prejuzgar lo menos posible, ayudar en el futuro a los niños con necesidades especiales, dentro de mis posibilidades no permitir las injusticias, hacer ver que los animales no son objetos, dejar atrás el individualismo y mostrarme activa socialmente, apoyar todo aquello que merezca la pena, evitar a las personas tóxicas.

 

Quizás esta última intervención, de entre los numerosos temas de discusión propuestos para aquella tarde, decantó la balanza, inspiró una inquietud, trajo a la superficie una preocupación: indagar sobre los ambientes humanos tóxicos. ¿Y cuáles son los ingredientes de un tal ambiente, qué tipo de personas así las juzgamos?

 

–Les cuesta que a otros les vaya bien… funciona la envidia.

–Su vibración de energía es baja… como es, por ejemplo, la del miedo, frente a la del amor que es altísima, y cuando esto es notado y sufrido surge entonces la toxicidad.

–Producen daño en los demás, nos conducen a ser peores personas…

–Sí, y muchas veces sin darse cuenta…

–En general, nos impiden crecer, sacar lo mejor de nosotros…

–Sólo muestran su interés propio, te utilizan…

–Se percibe una intensa negatividad, que te quiere atrapar…

 

A continuación, la discusión dio vueltas en torno a la subjetividad u objetividad de esa toxicidad percibida humana. Puede ser que a unos nos resulte tóxica alguna persona y a otros no. Sin embargo, el grupo argumentó que es posible hablar de “actitudes tóxicas predominantes”, que suelen provocar en los demás esos sentimientos que te alejan de ti mismo, que te impiden crecer, dar lo mejor de ti, que te empequeñecen, que te incomodan, pues ya no estás a gusto contigo mismo cerca de esa persona. Y por ahí se conducía la indagación, no dando ninguna oportunidad a estas personas, a estos seres humanos. También, dignos de ser comprendidos. Por eso, el moderador introdujo un cambio de rumbo: ¿Qué les puede estar pasando a estas personas, que muestran esa actitud que provoca en los demás, con alguna frecuencia, tanta incomodidad, tanto malestar interno?

 

–Son personas en el fondo inseguras, que te transmiten esa inseguridad…

–A veces, sucede lo contrario, lo tóxico es un exceso de seguridad, una prepotencia…

–Sí, es cierto.

–En la base de todo eso, está el miedo…

–Y el estrés con que vive, que lo transmite a su alrededor…

–Son personas que, para sentirse triunfadoras, necesitan echarte a ti por tierra…

–Puede que se trate de personas bloqueadas, que no saben vivir de otra manera. Ellos no pueden crecer y tienden a arrastrar a otros en su deriva…

 

Pero uno los participantes –sagaz él como pocos–, a lo que se unieron otros de la reunión, palpó una llaga de la humanidad que se estaba abriendo: “¡Todo eso nos sucede a todos nosotros también!”. Y, efectivamente, así es. ¿Dónde, entonces, está situada la diferencia entre lo tóxico y lo no tóxico? La discusión hubo de madurar un tanto. Y maduró: la diferencia no estaría en los miedos,

 

las angustias, las inseguridades que todos arrastramos en un grado o en otro, sino en el modo de vehicular eso, el modo de dar salida a esas humanidades nuestras. Esto es lo que resultaría oneroso para todos. Fruto probablemente de un aprendizaje, de unas experiencias, en las que se fijaron unos modos de respuesta inadecuadas, que arrastramos toda la vida. Sufriendo nosotros y nuestro entorno las consecuencias. La adquisición de unas creencias erróneas o limitadas que nos lastran, y sienten otros que les lastran. Nuestras mochilas, que se dice ahora; un “espíritu de la pesadez”, que nos tira para abajo, como explicaba Nietzsche. La lógica del resentimiento.

 

Así pues, era llegado el momento de comprender a las personas tóxicas y no sólo de apartarnos lo más posible de ellas, como suele recomendarse. Y puede que sea lo mejor en algunas ocasiones. Pero, no son menos frecuentes esas ocasiones en que no podemos huir, o no queremos, pues son personas con las que nos va la vida… Porque las queremos, porque trabajamos con ellas, porque compartimos un mismo espacio… Si he de convivir con personas que producen en mí tales efectos nocivos –puede que ni ellas lo pretendan, y puede también que sea mío realmente el problema, la dificultad–, un camino prometedor sería que yo las comprendiese mejor y de paso, o previamente, me conociera mejor a mí mismo. Usando el lenguaje de una de las participantes: si yo noto que alguien vibra a baja frecuencia, elevar yo mi vibración energética, y en vez de arrastrarme a mí, podría yo dar la mano y levantarnos juntos hacia el siguiente peldaño, más arriba. El miedo con amor, la oscuridad poniendo más luz. La ceguera con lucidez.

 

–La empatía, en estos casos, también ha de estar presente… ponerte en su lugar… A ti también te ha pasado…

–Puedes tratar de hacérselo ver, que produce esos efectos en otros. Pero no reprochando o criticando, sino con respeto, diciendo algo así como: “¿Tú por qué haces esto o lo otro, que nos hace tanto mal?”.

–Hacerle ver con delicadeza que esas sus reacciones las ha podido muy bien aprender, quizás por las cosas que le han pasado en su vida…

–Y no olvidar que posiblemente esa persona se siente sola, aislada; ella también siente que algo no va bien…

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