(…) no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Vicente Aleixandre, En la plaza

Sabemos muy bien, antropológicamente, que la supervivencia humana se ha basado en la capacidad de aprender conductas nuevas, en un mundo de circunstancias siempre cambiantes. Un sistema de respuestas adquiridas y transmitidas socialmente, eso conforma básicamente una cultura. No somos el único animal capaz de generar cultura, pero no hay otra cultura igual a la humana. No juzgamos si mejor o peor… ahora no podemos. Más compleja… quizás. Con la subsiguiente e ilusa conclusión de que creemos que ya somos independientes de la naturaleza. Así que, durante el largo rato que duró este tercer Café filosófico on line, los que participaron supusieron que “aprendemos”, otra cuestión sería cómo aprendemos, qué tipo de aprendizajes o si olvidamos fácilmente lo aprendido. La diferencia, lo crucial ahora, es que la humanidad se ha de enfrentar a una crisis de supervivencia no vista desde hace mucho, quizás una crisis única, al ser más global que nunca su alcance. Y no se trata, sólo, de la pandemia que nos asola planetariamente, ya había otras crisis: ecológica, migratoria, nuclear, tecnológica, terribles hambrunas y desigualdades, crisis sistémicas, económicas, del modelo capitalista predominante, crisis de valores y de sentido… en fin, no seguimos. Y virus mortales, extendidos por la faz de la Tierra, también.

Así que, de nuevo, nos salvará nuestra capacidad de aprendizaje. Hasta ahora los sistemas humanos, cada vez más, han sido capaces de sobrevivir transformando el ambiente que les rodea, la naturaleza, poniéndola a su servicio. Así, la evolución biológica casi se detuvo en nosotros, desde que somos “homo sapiens” con capacidad técnica y tecnológica inusitadas. Desde entonces, sólo hemos evolucionado culturalmente. Y es posible, muy posible, quizás por primera vez, que tengamos que transformarnos a nosotros mismos, que no nos baste continuar cambiando el entorno biológico y material, sino que sea necesario un cambio de visión. Pero esto sólo aparecerá, si nosotros mismos hemos cambiado, si hemos aprendido a mirarnos a nosotros mismos al tiempo que miramos lo que nos rodea. Una mirada abierta. No una prolongación del pasado, ni una proyección futura de nuestros deseos. Una mirada limpia, sin pre-juicios. Sobre la naturaleza humana se han vertido dos visiones básicas, antagónicas, que se hallan debajo de muchas de nuestras discusiones. También lo estuvieron en el fondo de la discusión del pasado viernes. El hombre es capaz de lo peor, según Hobbes; el hombre es capaz de lo mejor, según Rousseau. Y luego, la postura mezclada: somos capaces de lo mejor y de lo peor… Pues bien, ¿sabemos mirar lo que nos está pasado sin estos aprioris? El grupo, del que este cronista relata sus andanzas conceptuales, se adentró en esta posibilidad, tan preciada en estos momentos que atravesamos.

¿Qué podemos aprender? Aquí, ahora. ¿Quién tiene que aprender, los individuos, las sociedades? Una clara conclusión del grupo apunta a la necesidad de no separar ambos aprendizajes, individual y social. No se puede de hecho. Y, respecto a la interrelación necesaria entre individuo y sociedad, se entretuvieron los participantes, sobre todo, en la presión que ejerce lo social (cultural e histórico) sobre los individuos considerados por separado, en cada uno de nosotros. El otro lado del círculo generador de realidades humanas queda pendiente para vosotros, que leéis esto. Como no se pueden desligar absolutamente, no es tan difícil pensarlo… Dicho de otro modo, no es tan difícil de imaginar nuestra responsabilidad individual, la de cada uno de nosotros, en la perpetuación de lo peor o en la búsqueda de lo mejor, momento a momento, tanto como seamos capaces. De todos modos, disponéis de otros cafés filosóficos, en donde esta vertiente ha sido tratada en profundidad.

–En estos tiempos, es obvio que hace falta una reflexión global, observar el funcionamiento de la vida, aprender de los sistemas vitales.

–Un replanteamiento de la política y para qué ha de servir…

–Quizás sea posible vivir con menos…

–Sí, pero no aprendemos –se queja amargamente una de las participantes. Y si aprendemos, lo olvidamos con demasiada facilidad.

–Aprendemos lo que queremos aprender… Ahí está el problema.

Un derrotero pesimista, o algo falto de energía, comenzaba a tomar por asalto el diálogo –que no es filosófico por los contenidos aportados, sino por la actitud reflexiva y crítica que adoptemos respecto a ellos–. Y se reconocía la causa de esa falta de fuerza, la dificultad para aplicar o poner en marcha los claros aprendizajes que muchas veces nos deja la historia de la convivencia humana: las estructuras de poder, que se atrincheran. Contra el aprendizaje, un muro de contención. Una fortaleza infranqueable. Y lo que parecía un añadido pesimista, al abordar las causas mudó en posibilidad. Toda una oportunidad que nos ofrece la actual crisis sanitaria. Comencemos por ver si la vieja fortaleza de estas estructuras de poder, estos bastiones de murallas colosales, el tiempo no le habrá podido ir dejando marcadas, al menos, algunas pequeñas grietas. Resquicios. Un poco de holgura, de vacío, en el que las partículas puedan danzar a sus anchas y generar nuevas realidades.

Puede ser que esta crisis, por fin, nos permita tomar conciencia global de un destino compartido, en el que no puedan quedar excluidos los demás seres, humanos y no humanos… Puede que tengamos que aplicar la “estrategia del yudo”, aprovechar la propia fuerza de la embestida contra sí misma, sin violencia, con paciencia, redirigir la fuerza del sistema hacia un bien mejor y más completo. Puede que, ahora sí, la inmensa cantidad de iniciativas individuales y grupales, tantos colectivos, ONGs, acciones solidarias que se reproducen por todo el mundo, ahora sí, cobren mucha más fuerza, comprendiendo que la responsabilidad es de todos, y que todos somos semejantes en el derecho al libre desarrollo de la vida. Y puede que esta crisis sanitaria global se una a la crisis anterior –económica, en los síntomas– del año 2008 en adelante, y que se una a las crisis de toda una época, y de un sistema de vida inviable urbi et orbi. Todo esto lo sabíamos y no lo queríamos saber, lo olvidábamos con facilidad, ocultando su cabeza de avestruz cada uno a su manera.

Pero, y si esta grieta actual en nuestras vidas y en nuestras conciencias miopes –política de seres atomizados e individuales– comenzara a sobrepasar el punto de no retorno, en las profundidades del edificio-fortaleza del sistema que se ha establecido, con tal aparente capacidad de resistencia y adaptación para seguir siendo el mismo, según la tan usada ley del Gatopardo: cambiar algo para que nada cambie. Y si… No lo sabemos. Lo que es seguro es que gozamos actualmente de una oportunidad única para el cambio, si nosotros mismos también cambiamos. Una vez más, ¿seremos tan estúpidos como para no aprender, o habremos llegado al borde del abismo y seremos capaces de sentir la caída en nuestras propias carnes, antes de caer del todo?. El Oráculo nos pregunta…

Publicado en HomoNoSapiens: https://www.homonosapiens.es/cafe-filosofico-que-podemos-aprender-ahora/

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