Hay una enorme diferencia entre la vida y la tecnología. La vida es autógena: se re-crea, se crea a sí misma. Y aquí el verbo clave es el de «crear». La tecnología re-produce la vida, es decir, la vuelve a producir. El verbo clave: «reproducir»

Luis Sáez Rueda

¿Ponemos nuestra meta en el vivir mismo o en el modo tecnológico de vivir nuestra vida? Esto nos toca bajo la piel, en este estado de confinamiento forzoso… Señala hacia la dirección en que hemos decidido, quizás inconscientemente, por costumbre, mecánicamente, conducir el día a día, sin la actividad exterior, muchas veces frenética, que solíamos. ¿Necesitamos de la constante información o desinformación, el acompañamiento permanente del entre-teni-miento y la evasión diarios a través de sucesivas pantallas? La distinción que nos propone Luis Sáez Rueda –analista hondo y muy sensato de la realidad contemporánea–, se nos muestra decisiva: crear y recrearse, o bien, reproducir sin límites una ficción de la vida, producirla y, ahora que no podemos de igual modo, reproducirla, lo más parecido a la vida anterior, que ahora añoramos como si hubiera sido plena… Y, mientras tanto, dis-traerme, deseando que pase la mala hora y nos parezca cuanto más corta mejor, esta no-vida de ahora. Habremos de volver sobre ello, pues en este segundo diálogo filosófico (on line) era éste uno de los muelles donde amarrar sensaciones… Y, aparentemente, un contrasentido: también nos servimos de la tecnología en este encuentro… aunque, para encontrarnos y tratar de re-crearnos juntos, cada uno. He ahí la diferencia.

Después de afloradas las peculiaridades de nuestro café filosófico, que es un diálogo y no una superposición de opiniones, en donde tratamos libremente de pensar –mejor, juntos– lo que se dice, más allá del mero decir lo que pensamos –por separado–, como le gusta subrayar a otro luis, Luis García Montero, que lo aprendió del machadiano Juan de Mairena y lo reitera en sus Palabras rotas, nuestro café filosófico, que no trae decidido de antemano ni siquiera la temática del día, y así nadie tenga que defender su respuesta prefabricada, donde la sorpresa y la creatividad disponen de vía libre, después de referirse a todo esto, decimos, y de adaptar las reglas sencillas de este tipo de encuentros filosóficos, por mor de la manera virtual de producirse ahora, el conductor del mismo propone una tarea de autoexamen a los asistentes, y se nos van presentando, una a una, como personas de carne y hueso: ¿qué es eso que has comenzado a valorar mucho en este tiempo? Algo nuevo para ti, no algo que ya valoraras suficientemente… No nos lo puso tan fácil el moderador, aunque lo hubiera parecido al principio. Pues bien, ellos señalaron lo que sentían… y ahora te tocaría a ti.

¿Es tan importante fijarse metas? En el supuesto de la necesidad humana de trazarse metas que orienten nuestra vida y, aunque ésta consista en el transcurrir de un proyecto, como tanto se ha dicho, plantearse metas, ¿es siempre beneficioso, ventajoso o puede incluir algunos inconvenientes? Fijaos que el grupo de participantes no estaba allí para repetir pasivamente –reproducir, como se ha dicho–, supuestas ideas sino para pensar juntos, lo que implica tomar conciencia y con frecuencia cuestionar, convertir a las ideas preconcebidas en problema, problematizarlas. De lo contrario, tampoco estarían dialogando filosóficamente. Y ellos fueron directos a la diana. No hace falta enumerar casos y casos, en los que se aprecie ora alguna ventaja, ora algún inconveniente del vivir acorde a una meta. Todo eso ya lo habían contemplado… porque lo habían vivido. El ambiente que se ha ido gestando es capaz de dar a luz respuestas maduras, lúcidas. Y no hablamos de respuestas ciertas, pero sí certeras. Entre todas van alumbrando algo de la verdad buscada.

– El problema está en adherirse a una meta, fijarse a ella, apegarse, como la única y mejor meta posible.

– La meta cumple bien su función si otorga sentido, siempre que dé sentido, pero no ya a una vida completa para siempre, sino a la vida que está viviéndose en cada momento.

– Efectivamente, nos viene bien para vivir si no es una meta absoluta, omniabarcadora, ni tampoco una dispersión de metas; un punto medio, una meta que no te coarte ni te desoriente, empática y acorde a ti.

– Y se continúa indicando: que la meta no esté muy alejada de tus posibilidades, pero tampoco que te sustraiga el beneficio del esfuerzo, que no sea ni muy exigente ni muy laxa.

–Es decir, no una meta inalcanzable que te arroje al fracaso, pero tampoco una ausencia de meta, que te conduzca a la desesperación.

Dos analogías te aporta el grupo, que aclaren mejor lo anterior, ese fino equilibrio entre meta y ausencia de meta: a) un caballo de anteojeras puestas, que se perdería un sinfín de posibilidades de comer yerba fresca; b) una carrera de galgos, donde la liebre-señuelo no salte fuera de su alcance –los galgos dejarían de correr– ni tampoco una presa fácil de atrapar –pues no habría carrera–. Y, cabría preguntarse, además, si una vida que no satisfaga una meta, ya por eso sería una vida fracasada. Recuerdan los participantes la importancia del camino mismo, aquello latente que recogía Antonio Machado en su cantar: “caminante, no hay camino / se hace camino al andar…”. Pero esta vía de la indagación, aunque estuvo siempre presente, vino a ocupar un menor espacio que la distinción e interrelación entre “meta” y “motivo”.

Las metas pueden ser cercanas o lejanas, inalcanzables; los motivos: motivadores o desmotivadores, cuando no son asumidos como propios. La meta es lo que te orienta, el motivo lo que te impulsa. ¿Son en el fondo lo mismo? Sí y no. La holgada discusión dio buena cuenta de ello. Y, también, a partir de un esquema procedente de Inmanuel Kant, aplicado al conocimiento humano: los motivos son ciegos sin una meta, pero las metas sin motivación están vacías. Así es nuestra experiencia. No movilizan las solas metas. Los motivos se dispersan, desorientan y se frustran, sin una meta clara al menos. Y la clave para orientarnos, que te ofrece el grupo de investigación allí presente, es ésta: los motivos, que sean tus motivos; las metas, que sean tus metas. Propios, no ajenos. Internos, no externos. Fruto de un descubrimiento, no enlatados socialmente, re-producidos. Y, para ello, he de re-crearme continuamente. La recreación hecha hábito en uno mismo.

Nos lo proporciona esta situación actual de confinamiento, la ocasión para un recogimiento interior, que no es un aislamiento del exterior. Re-descubrir qué me mueve, qué me moviliza, qué quiero ser, o mejor todavía, quién quiero ser, más acá de la vorágine de circunstancias y acontecimientos que no dependen de mí, para poder trascenderlos, ir más allá de ellos, conmigo dentro. Una oportunidad, que puedo aprovechar o desaprovechar, si simplemente me limito a vivir lo que antes vivía, ahora a partir de nuestros extensos medios audiovisuales, utilizados más intensivamente que nunca –no nos atrevemos ni a imaginar qué hubiera sido de nosotros, en estos momentos, sin ellos–. Y esto no está negado, ni agradecer el que dispongamos de ellos para poder comunicarnos, incluso para entre-tenernos unos con otros, pero miremos que no sólo sea eso… Last Train Home (Pat Metheny) Éste es nuestro último tren a casa… y no porque sea el último, no, sino porque éste es el que está pasando, ahora mismo, delante de nosotros. ¿Y cuál es nuestra casa? La que nunca hemos abandonado del todo: nuestro propio “templo” interior. Muchas salas que explorar…

Publicado en HomoNoSapiens: https://www.homonosapiens.es/cafe-filosofico-es-importante-fijarse-metas/

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