Sobre la muerte (II)

Sobre la muerte (II)

Muchas personas se me acercaban -todavía me sucede algunas
veces- y me preguntaban si Carl [Sagan] había cambiado al final y se
había convertido a la creencia en una vida después de la muerte. También
me preguntaban frecuentemente si creo que lo volveré a ver. Carl enfrentó
su muerte con infatigable valentía y nunca buscó refugio ni ilusiones. La
tragedia era que ambos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. Nunca
he esperado volver a reunirme con Carl. Pero lo más grandioso es que
cuando estuvimos juntos, durante casi veinte años, vivimos con una vívida
apreciación de cuán corta y cuan preciosa es la vida. Nunca trivializamos
el significado de la muerte, fingiendo que era alguna otra cosa diferente a
un último adiós. Cada momento que estuvimos vivos y estuvimos juntos fue
milagroso -pero no en el sentido de haber sido inexplicable o sobrenatural.
Sabíamos que habíamos sido beneficiarios del azar… Que el puro azar
haya sido tan generoso y tan amable… Que nos pudimos encontrar, como
Carl escribió de forma tan hermosa en Cosmos, sabes, en vastedad del
espacio y en la inmensidad del tiempo…

Ann Druyan

La emoción básica que gobierna toda la actividad del ego es el
miedo. El miedo a no ser nadie, el miedo a no existir, el miedo a la muerte.
Todas sus actividades están concebidas en último término para eliminar
este miedo, pero lo máximo que puede hacer el ego es taparlo
temporalmente con una relación íntima, una nueva posesión, una victoria
en esto o en lo otro. Una ilusión nunca podrá satisfacerte. Sólo la verdad
de lo que eres, si llegas a ella, te hará libre

Eckhart Tolle, Un nuevo mundo, ahora

¿Por qué necesitamos saber qué hay detrás de la muerte?

El Café filosófico de noviembre coincidió -sólo un día de retraso- con la celebración del Día
mundial de la filosofía, que en Málaga fraguó el I Festival de Filosofía, y en el IES Juan de la
Cierva de Vélez-Málaga una jornada reivindicativa: “Filosofía sí”, convocada por la Red Española
de Filosofía (REF). No era la primera ocasión en que se abordaba el tema de la muerte en nuestro
café filosófico pero, como ya sabíamos, hablar de la muerte es hablar de la vida. Más exactamente:
de cómo se vive, según Séneca. De hecho, es lo que sucede con cualquier dualidad: hablar de un
extremo supone hablar del otro. Dos caras de la misma moneda.

En este caso superamos la dualidad, si notamos que ambas, la vida y la muerte, suponen vivir. Vivir tu vida. Y vivir tu muerte.
Una manera humana de vivirla es preguntarnos: ¿Por qué necesitamos saber qué hay detrás de la
muerte? Una pregunta muy humana, muy nuestra, que se deshace como un azucarillo si aprendo a
vivir bien, sin demasiada angustia vital. Y para esto, una ayuda inestimable es el filosofar. De ahí
que muchos clásicos del pensamiento dijeran que filosofar es aprender a morir, dando carpetazo a
nuestras creencias erróneas, mientras vivimos. Viviendo. Platón, Cicerón, Michel de Montaigne, Ibn Arabi, Óscar Brenifier… o Séneca, que nos insistía, como decíamos: no importa morir, o si morimos antes o después, sino cómo vivimos, aquello que vivamos.

Pero todo esto ya lo sabían nuestrosparticipantes. Sin necesidad de nombrarlos, por entre todos estos grandes de la filosofía navegó
nuestro diálogo filosófico de aquella tarde. El velero más certero es siempre la propia experiencia.
En numerosas ocasiones, nos preguntamos cómo podríamos llegar a comprender una determinada
situación, una determinada acción, a una determinada persona. Si hay casos que no pueden ser
comprendidos de ninguna manera, que no son dignos de ser comprendidos, que son inaceptables.
Por ejemplo, que personas son malvadas. Y esto, simplemente, ocurre porque no hemos adoptado
una mirada nos permita la comprensión. Todas las acciones humanas pueden ser comprendidas
-aunque no siempre hayan de ser justificadas, o sean justificables-. Es suficiente que adoptemos la
perspectiva de la humanidad. Una sección de la perspectiva cósmica. Si soy capaz -y los humanos
somos capaces, salvo impedimento de nuestras ideas erróneas, como decíamos-, si soy capaz de
sentirme, ya sea por un momento, uno con la humanidad. Con la humanidad que hay en mí. Con la
humanidad que hay en el otro. Es la misma humanidad. La secuencia del ejercicio que propuso el
moderador a los participantes fue la siguiente: piensa en una acción humana de otro, siente en tu
interior cómo eso a ti también te pasa y, si a ti te pasa y a mí me pasa, es humano que nos pase.
Puedo comprenderte. Nada humano me será tan ajeno (Terencio). La secuencia, ahora,
esquemáticamente expresada: tú → yo → nosotros.

Así pues: ¿Cuándo me sentido yo uno con la humanidad? Esto pidió el moderador a los
asistentes. Recordemos algunas de las experiencias que relataron. Escuchando lo que decía una
compañera de la mujer, me sentí mujer. Si sigo mirando, ya no veo a un ser humano con la piel de
otro color, veo un ser humano, “yo soy él”. Asistiendo a la presentación de un libro (“Las manos de
mi madre”, de Lola Valle), sentí la mano, sobre todo la de una madre, como lo más humano. Veo
que muchos lo pasan mal, y lo que hacen es luchar, como buenamente saben, por vivir mejor. He
visto cómo se puede ser feliz, a pesar de unas circunstancias adversas. La amabilidad es una
cualidad de todos los seres humanos, pero algunos lo ponen difícil, ponen bastantes excusas para no
expresarlo. Nuestra condición humana es muy frágil, hoy esa desgracia no me ocurre, pero mañana
me puede pasar a mí. La generosidad humana, aunque también quiera ocultarse, en el fondo nos
lleva a no desear nunca el mal a nadie. No hay “cosas de mujeres”, la violación no es sólo algo que
le puede pasar a una mujer, todos hemos sufrido violaciones, otro tipo de violaciones, pero en el
fondo una violación, que todos podemos comprender a partir de nuestra propia experiencia. Todos
sabemos que no puede haber un amor interesado, si es amor. Todos sufrimos debido a alguna
experiencia del pasado, que no ha sido bien cerrada. Todos hemos sentido el dolor, y hemos sufrido,
por no aceptar el dolor. Es humano el dolor y también es humano superarlo, habiéndose
transformado a uno mismo.

El mundo de los sueños, qué hay después de la muerte, la justicia en el ámbito jurídico, la
indiferencia social, la actitud filosófica, la verdad… ¡cuántos temas interesantes! Pero uno sólo el
elegido: la muerte. Por cierto, que la filosofía quedaba perfectamente saldada practicándose.
Nuestra mejor contribución en el día mundial de la filosofía. Podríamos preguntar por el sentido de
la muerte… pero esto va a salir seguro en la discusión, en el fondo de la discusión. También, ¿qué
hay después, o detrás, de la muerte? Sin embargo, no había allí nadie que hubiera estado, al menos,
en trance de morir, con alguna experiencia personal cercana a la muerte, de ahí que, entre todos
cambiaran la pregunta por una más cercana a los participantes, los que se habían planteado, aquella
tarde, el tema de la muerte. Por algo, se habría planteado… La pregunta elegida: ¿Por qué
necesitamos saber qué hay detrás de la muerte? ¡Somos humanos! Necesitamos saber… Y los
participantes se pusieron en el lugar de la humanidad para ir respondiendo:

-Necesitamos saber qué hay después de la muerte para no temer a la muerte, para
“prepararnos el cuerpo”. Para deshacer nuestro temor.

-Necesitamos, los humanos, explicaciones, saber. También de esto, de la muerte. Pero, en mi
caso, la respuesta está clara: ¡No hay nada! ¡Y me da igual!

Pregunta, entonces, el moderador: ¿Y cómo vives tu vida, según eso? ¿No te lleva a
desmotivarte?

-No, de ninguna manera. Creo en el ser humano y lucho, dentro de mis posibilidades, para
que vivamos en un mundo mejor.

-Y si hubiera algo después, ¿cambiaría tu vida con dicho conocimiento?

-No, no cambiaría.

-Parece que tú vas a vivir de la misma manera. Sin embargo, no ocurre esto siempre: para
muchas personas sería muy diferente… ¿Qué pensáis vosotros? ¿Cómo sería vuestra vida con el
conocimiento de lo que haya detrás de la muerte, o bien, sin ese conocimiento?

-En realidad, vamos muriendo cada día. Desde que nacemos. Debemos pasar todas las etapas
de la vida y morir en paz. La muerte y su conocimiento también es vivir. Por eso hemos de vivir lo
mejor posible…

-Siempre necesitamos una perspectiva de futuro, una motivación para hacer cosas. Según te
plantees el hecho de la muerte, así vives tu vida. Por ello, pienso que necesitamos una seguridad,
que dé respuesta a la pregunta: ¿Qué va a ser de mí?

-Esto de “cómo vivimos”, según nuestra consideración de la muerte, me recuerda un texto
de Ann Druyan -compañera de Carl Sagan durante sus últimos veinte años de vida- que venía a
decir (esta participante lo leyó completo allí, a los asistentes, vosotros lo podéis leer en la entrada a
este relato), que no necesitamos saber qué hay después, que nos basta el hecho de que nos hemos
encontrado tú y yo en la inmensidad del Cosmos, y que esto ya merece la pena, esta maravillosa
realidad.

-Nuestra tradición cultural, religiosa, nos ha llevado a tener miedo a la nada (horror vacui),
pero esto no es un lastre para mí. Vivo, sin más.

-Es la primera pregunta que surgió en el hombre, que llevó a tratar de comprender el mundo,
que el mal tuviera un sentido…
Le detiene un momento, el moderador: Hablas en general, pero ¿quién pregunta eso del
sentido de la vida?

-Todo el mundo…

-¿Tú?

-Yo me centro en el presente, lo que me importa.

-Efectivamente, es el sentido de mi vida el que te lleva a plantearte el sentido de la vida.

-Yo, cuando me “enteré” de que moríamos, a través de la posibilidad de perder a otra
persona, me eché a llorar.

-¿Por ese otro?

-Por curiosidad.

-…tuya.

-Señores: la muerte es un gran negocio, empezando por la religión. Y contra ello me rebelo.
Yo no estaré, pero, ¡la humanidad seguirá estando, y antes, la vida misma! ¡Merece la pena ser
vivida! Eso del nirvana no tiene sentido. Sentir, vivir. ¡Eso, si! Yo tenía dos hermanos muy
diferentes: uno era pesimista, crítico con todo, sufría por todo y le costó mucho morirse; el otro era
un pasota, leía mucho, tranquilo, todo le daba igual y se enfrentó a la muerte pacíficamente.

-Entonces, propone el moderador, podemos mirar si a la muerte conviene aceptarla como
algo natural.
Y llamó la atención de los asistentes sobre los componentes vitales negativos que había
suscitado -hasta ese momento de la discusión- el desconocimiento de lo que hay detrás de la muerte:
temor, inseguridad, sensación de vacío, necesidad imperiosa de encontrar un sentido, una explicación… Y le pregunta el moderador a la chica que había plateado inicialmente la cuestión de
la muerte y lo que hubiera detrás de ella: todo esto que ha salido puede nombrarse como angustia
vital; si consiguiéramos resolver esta nuestra angustia vital, ¿el contenido de la pregunta, sería
relevante para ti? ¿Te preocuparía saber o no saberlo?

-No me haría falta saberlo.

-Eso parece, habríamos dejado atrás la pregunta.

-De hecho, así se refleja en la literatura: cuando estamos tranquilos no nos lo planteamos,
qué hay detrás de la muerte.

Así pues, como vemos, de lo que se trata es de cómo vivimos, de cómo vivir bien, y cuando
esto lo logramos, aunque sea mínimamente, esa angustia vital, que se expresa en la cercanía de la
conciencia de la muerte, desaparece. O al menos, podemos planteárnoslo sin agobios, apostilló uno
de los jóvenes participantes.

Con esto, habíamos llegado a una playa clara y pacífica, en la que solazarnos. No pretende
mayor objetivo nuestro café filosófico. Podíamos marcharnos con la sensación de haber realizado
un trabajo juntos. Pero no fue así, la mayoría querían continuar el diálogo. Y una pregunta,
relacionada con la muerte, pero más mundana -no tan trascendente- había quedado esperando detrás
de la puerta un mejor momento: ¿Es utilizada la muerte, con interés, en nuestro mundo? Ya
había mencionado el grupo el uso que, a veces, de la muerte por parte de la religión, pero hubo de
distinguirse entre religión establecida y religiosidad humana… “no confundamos”, no es lo mismo,
insistió una participante adulta. Y utilizan la muerte para sus intereses de este mundo, la política, la
industria armamentística, y hasta los padres con su hijos…

-Pero, un momento: ¿Se maneja o manipula la muerte o, más bien, el temor a la muerte?

-Obviamente, el temor a la muerte.

-Y no olvidéis que bajo la categoría de “miedos” hay otros miedos: a equivocarme, a sufrir, a
la oscuridad, a lo desconocido, a la frustración, al fracaso…

-Así nos controlan tan fácilmente… Es tan fácil controlar a la gente…

-Pensemos: ¿Un niño pequeño, un bebé, siente miedos?

-Recordemos el famoso experimento de Watson: el miedo es creado socialmente.

-Y recordemos que el miedo al fracaso, te hará fracasar con mayor probabilidad.

Por ello, es tan importante mirar ese miedo que tenemos en un momento dado… no taparlo,
no sustituirlo, no huir de él… enfrentarlo, puesto que ha sido creado. El temor es natural, el miedo es
creado y puede deshacerse. De ahí, la importancia de VIVIR SIN MIEDO. Cómo gestionamos el
miedo a vivir, sería un componente esencial del bien vivir. Del miedo a vivir, ¡hay que curarse! Y no
importará tanto el tener que morirse. Esta segunda conclusión vino a unirse a la anterior. Ya nos
suena, ¿verdad?

Una última pregunta -también mundana, sobre la muerte- trató de responder el grupo, pero tan
rápidamente que te la dejo a ti, que asistes en diferido a este café filosófico, para que tú te la
plantees más largo y tendido: hemos planteado, a través del relato, cómo nos relacionamos
individualmente con la muerte, pero no tanto cómo lo hacemos socialmente. Así que, te pregunto:
¿cómo se relaciona nuestra cultura con la muerte? ¿Lo hace adecuadamente, vive con ella o
huye de ella?

Sobre las expectativas hacia los jóvenes

Sobre las expectativas hacia los jóvenes

“Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin en niño […] ¿Qué es pesado? así pregunta el espíritu paciente, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que se le cargue bien […] ¿Acaso no es: humillarse para hacer daño a la propia soberbia? ¿Hacer brillar la propia tontería para burlarse de la propia sabiduría? […] Con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el espíritu paciente: semejante al camello que corre al desierto con su carga, así corre él a su desierto. Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa, y ser señor en su propio desierto. Aquí busca a su último señor: quiere convertirse en enemigo de él y de su último dios, con el gran dragón quiere pelear para conseguir la victoria. ¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? “Tú debes”, se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice “yo quiero” […] Crear valores nuevos -tampoco el león es aún capaz de hacerlo: mas crearse libertad para un nuevo crear- eso sí es capaz de hacerlo el poder del león. Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león […] Pero decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacerlo? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño? Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí […] Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: cómo el espíritu se convirtió en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño”.

NIETZSCHE, Así habló Zaratustra.

¿Qué espera la sociedad de los jóvenes?

Unas sabias palabras, venidas tanto de oriente como de occidente, nos advierten de la
conveniencia de esperar sin esperar. Quiere decirse que la mejor manera de esperar algo bueno del
futuro consiste en no mantener expectativas muy definidas, sino más bien concentrar la atención en
el presente, pues situarse en un futuro deseado, suele arruinar el futuro que me cabe esperar. La
presión interna y egoica para que suceda algo en particular que tanto deseo, me impedirá apreciar
las oportunidades del futuro presente, cuando arribe a mi vida. Me pesará excesivamente mi futuro
pasado.

Una presión que no me dejará vivir aquello que alienta en cada momento, instante a
instante. Sobre este fondo sentido se desarrolló el encuentro filosófico que inauguraba la temporada,
y también el final de la cuenta de diez cursos realizándose la actividad ciudadana de los cafés
filosóficos. Fue la presión que sintieron la mayoría de los abundantes jóvenes allí reunidos en
nuestra sede de invierno, la Cafetería Bentomiz, cuando comenzó a hablarse aquella tarde de las
expectativas de la sociedad para con los jóvenes, qué se esperaba de ellos. Y hay que subrayar que
tales expectativas emergen de las frustraciones, de los miedos, de los deseos de los adultos. Las
expectativas surgen en el sujeto que las tiene pero se proyectan en la forma de presión
medioambiental al objeto de las mismas, en este caso, los propios jóvenes.

Pero, ¿qué tendrán que decir los jóvenes? ¿Cómo percibirán dicha presión social? ¿Será para ellos un amazonas con
abundante cuenca fluvial o, más bien, un cauce rígido, unilineal, por el que todo joven habría de
transcurrir ineludiblemente para poder realizar su vida satisfactoriamente? Acompáñanos, pues, en
este viaje.

Antes, sin embargo, y para ir abriendo boca, ¿cuándo has sentido tú, últimamente, la belleza? ¿Qué
momento bello has vivido? No lo identifiques con algo agradable o placentero, optimista o positivo,
la belleza está ahí, donde menos te lo esperas… No la esperes, estate atento allí donde emerge, en tu
mirada de apreciar la belleza; sin ella no la verás, aunque delante de ti se acurruque, con sus ojillos
puestos en los tuyos.

Esta mañana al amanecer contemplé una montaña rota, por las nubes que
trazaban contracurvas sobre el fondo de su silueta; y tú, te asomaste al balcón de cada día que era
distinto al de cada día. Por sentirse viviendo la breve sonrisa de un niño vale la pena vivir. La
belleza está ahí, cuando se entienden un padre con su hijo, mirándose a los ojos. Una calle sin salida
puede mostrarse translúcida y abierta, con la luz blanca después de la lluvia caer.

¿Y no te has sentido unido de un modo tan especial a personas que jamás habías visto, pero que has mirado hoy?
Te has despertado y has visto tu sol. Y has observado hoy la pureza en la actitud de tu profesora, la
misma que hay en ti. Y la carilla perfecta de tu perro dormido sobre ti. Y esa luna llena, que siempre
está llena de ti. Un paisaje desde mi ventana. La belleza de ver reunidos a tantos jóvenes y mayores.
La belleza, ¿está en el enamorado o en el objeto de su amor? El mar, la mar… Bajo el telón
sobrecogedor de luces y relámpagos… Una música sin música. Una música con música. La paz de la
edad, la paz de la la vida bien vivida. Poesía sonora y tranquila paz. Te quiero, te ha dicho quien tú
quieres. Te quiero te ha dicho, sin que tú le quieras. Papá. Mamá. ¡Hijo tuyo! ¡Hija tuya! ¿Puede ser
una foto más bella que su objetivo fotografiado? La belleza está por todos los lados… En la
bulliciosa calle no había nadie, había un jolgorio de pájaros parlantes.

Sobre el trasfondo del sonido de tazas y cucharillas se desenvolvía el rumor de temas y problemas
filosóficos, hasta que el grupo decantó sus preferencias de aquel día: no la empatía, ni la
independencia, ni la sinceridad, ni la amistad, ni los actos heroicos, ni el rencor, ni la soledad, ni el
perdón, que también, sino las expectativas sobre la juventud. ¿Por qué emergió dicho tema de entre
los asistentes? Quizás porque había allí reunidos muchos jóvenes… que querían saber qué se
esperaba de ellos, o bien, muchos adultos que ponían tantas esperanzas en los jóvenes… Sea como
fuere, quedaba muy claro el doble interés mayoritario: a) qué demanda la sociedad de los jóvenes y
b) qué esperan ellos de ellos mismos, que podrían ofrecer de sí mismos al mundo en que vivimos. Y
este fue el proceder acordado por los participantes para llevar a cabo progresivamente nuestro
diálogo filosófico. Vayamos con lo primero.

-Lo que se espera de ellos es que se formen para que estén bien formados.

-Sí, que esa es la verdadera libertad.

-Y puedan ser felices.

-Pero esto es sólo un ideal, ilustrado, si queréis, pero lo decisivo es qué tipo de formación es la adecuada.

Y aquí comenzaron las quejas de los más jóvenes de la reunión: hay una exigencia para que sigamos
un camino determinado. Alguno no la sentía en su casa, con su familia, pero sí en el instituto.
Parece como si le estuvieran exigiendo que él resolviera los problemas que otros, los adultos,
habían creado con anterioridad. Y ahí, uno de los adultos intervino, quizás sintiendo en sus carnes
la queja de los jóvenes: no se trata tanto de seguir un camino laboral o de formarse, sino de ser. Y la
formación es tan sólo una herramienta.

-Lo decisivo es saber si educar a los jóvenes para transformar el mundo o para continuarlo como está.

-Lo decisivo es transformarse a uno mismo, pero también para esto se necesita formación…

-Para ello, lo mejor es no proyectar expectativas… que cada uno vaya encontrando por sí mismo su camino, eligiendo, equivocándose.

-Sí, las expectativas introducen condiciones, que coartan esa misma formación.

-Por eso, dicha formación habría de contar, no sólo con la formación laboral o intelectual, sino también con el desarrollo de nuestra parte emocional, y con el desarrollo del espíritu crítico y de la responsabilidad.

-Además, ¿es justo pedirles a los jóvenes que ellos transformen el mundo? ¿No es excesivo? ¿Solamente es su responsabilidad?

-Yo también quiero transformar el mundo, pero necesito que los jóvenes me acompañen.

Ante todo este caudal de responsabilidad intergeneracional, los jóvenes de la reunión
comenzaron a sentir su propia carga, que quisieron sacudirse, como en la fase del león -después del
camello de los “yo debería” y previo al niño que juega y afirma “yo quiero”-, en la conocida
metáfora de Nietzsche sobre el desarrollo del espíritu humano. Parece que se sienten presionados, o
más bien, se sienten encauzados. El tipo de formación que se les ofrece, o al que pueden acceder,
peca de falta de flexibilidad, de adaptabilidad a sus propias necesidades. Ellos exigen un cauce
mucho más amplio. Un amazonas con una amplia cuenca fluvial, muchos caminos circundando y
posibilitando el curso general de la realidad social e histórica. Con esto, el grupo había llegado a
una breve clarificación, que podía ser expresada a partir del dicho orteguiano: “yo soy yo y mis
circunstancias”. Las circunstancias condicionan, pero no determinan. Mis circunstancias están ahí,
pero también está lo que yo sea capaz de hacer con ellas. Siempre existe alguna posibilidad -mayor
o menor- de juego vital, de jugar a tu propio juego.

El tiempo reservado para del encuentro se iba consumiendo y faltaba la otra parte de la indagación:
qué pueden ofrecer ellos, los jóvenes, a los demás, a la sociedad, según ellos mismos. Y ya con
algo de prisa, se desgranaron algunas sugerencias.

-Yo quería ser política para cambiar el mundo, pero visto lo visto de la política actual, mejor
lo dejo. No quiero ser eso. Prefiero ser directora de cine.

-Pero, si te fijas, ahí tienes un buen campo para ayudar a transformar la realidad. Más que
como política profesional, tú puedes actuar como ciudadana y, desde tu parcela, contribuir como
buenamente puedas.

-Como jóvenes, podemos producir un cambio de mentalidad, en la manera de hacer las
cosas, por ejemplo en ecología. Ideas nuevas. Pues todo puede ser de otra manera…

-No nos quedamos callados. Plantamos cara y decimos lo que queremos. Nosotros somos
más atrevidos. Podemos ser más críticos.

-Hay jóvenes y jóvenes. Pero somos inexpertos, y muchas veces no sabemos lo que
queremos.

Acaba el encuentro -era ya tarde, en la tarde- con un elogio de la juventud. Y no de los jóvenes, sino del espíritu juvenil, que no tiene que ver necesariamente con la edad. Los jóvenes son los que tienen menos cargada su mochila; pero nada está garantizado. ¿Y qué puedo hacer yo? Basta con que un solo “joven” sea capaz de plantearse esta cuestión, sea consciente de la situación… para que el mundo ya no permanezca igual. Todo empieza a cambiar a nuestro alrededor. Imaginad muchos jóvenes de espíritu unidos. ¡Jóvenes del mundo uníos!

Sobre la eutanasia

Sobre la eutanasia

Café Filosófico en Vélez-Málaga 8.9

16 de junio de 2017, Cafetería Área Cuattro, 17:30 horas.

¿Por qué no le querían? ¿Por qué clausuraban la tapa de su ataúd? ¿Por qué no le dejaban hablar? ¿Por qué no permitían que le viesen? ¿Por qué no querían su libertad? Hacía ya cinco o seis años que le habían borrado de la faz de la tierra. La guerra debía haber terminado. Ninguna guerra puede perdurar tanto, ninguna guerra podía exterminar a tanta gente porque no había tanta gente para matar. Si la guerra había terminado todos los muertos estarían enterrados y liberados todos los prisioneros. ¿Por qué no le liberaban también a él? ¿Por qué a menos que le dieran por muerto? ¿Y si era así por qué no le mataban por qué no ponían fin a su sufrimiento? ¿Por qué estaba prisionero? No había cometido delito alguno. ¿Qué derecho tenían a retenerle? ¿Qué razón tenían para ser tan desalmados con él? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Dalton Trumbo, Johnny cogió su fusil

¿Tenemos miedo de la realidad de la muerte o de la idea de la muerte? El hecho es una cosa, y la idea del hecho es otra. (…) Así que he de ver con toda claridad si tengo miedo de la palabra, de la idea o del hecho. Si estoy cara a cara con el hecho, no hay nada que comprender al respecto: el hecho está ahí, y puedo hacerle frente. Pero si me da miedo la palabra, tengo que entenderla, sumergirme en la totalidad del proceso de lo que significa esa palabra, ese término.

Krishnamurti, La libertad primera y última

 

¿Qué es para mí la eutanasia?

Cómo nos relacionamos con la muerte señala cómo vivimos. Nuestra cultura se ha habituado a menudo a vivir de espaldas al hecho de la muerte, buscando refugios allí donde posponer u ocultar nuestras soterradas cuitas humanas. Así, en otros tiempos, en otras culturas aunque nos parezca a veces insensible- su trato con la muerte y los que han de morir se presentaba de manera no problemática, o quizás menos problemática de lo que se nos está apareciendo en nuestra cultura occidental moderna. De una manera mucho menos natural. Los participantes de este café filosófico, último de la temporada, mencionaron con emoción la película La balada de Narayama, para apostillar esta idea de la aceptación más natural de la muerte. Durante el transcurso de la discusión dijeron que, en nuestra cultura, han confluido dos factores que pueden explicar esta relación nuestra más problemática con la muerte propia o la de los demás: por un lado, la dominante tradición judeocristiana, con su moral del justo premio al sufrimiento y de la culpa, y por otro lado, los avances tecnocientíficos del último siglo, que permiten prolongar la vida artificialmente hasta extremos a veces inconcebibles. La convergencia de estas dos fuerzas ha generado el difícil problema de la eutanasia, que los participantes quisieron abordar sin tapujos aquella tarde, a partir de sus propias experiencias.

Como si se tratara de los miembros de un comité de ética, que hubieran de realizar propuestas para una ley de la muerte digna. Y si es el caso que te planteas que es altamente improbable que tú tengas que decidir algo así en el marco de un comité de ética, o bien, en el de un jurado que hubiera de dictar sentencia sobre algún caso en que se haya practicado ilegalmente la eutanasia, vengo a decirte, de la mano de estos participantes en este café filosófico, que no será raro que se te presenten en el futuro situaciones personales en las cuales tengas que lidiar con una situación como ésta. Es cuestión de tiempo, o mejor, de edad. Así pues, quédate con nosotros y podrás clarificarte un poco. Para cuando sea menester.

Es preciso destacar el entorno especial -tan emblemático- en donde se celebró este último café filosófico de la temporada: el patio de la meditación del antiguo Convento de las Carmelitas de Vélez. Y gracias a la colaboración activa de la cafetería ÁREA QUATTRO, que adoptaremos muy posiblemente como sede “de verano” para nuestros encuentros, cuando el calorcillo apriete. Allí, reconfortados por la brisa que circulaba por entre las columnas del antiguo claustro carmelita, cada uno refirió cómo venía ese día. Aparte del calor del mes de junio, qué sensación, qué emoción traían a la reunión. Y para conectar directamente con ella, una breve meditación, en un lugar de meditación y recogimiento como aquel, podría ayudar bastante. Bienestar. Tranquilidad. Expectación. Contento. Paz. Ilusión. Dicha. Serenidad. Relajación. Apertura. Fuerza. Curiosidad. Comodidad. Centramiento. Alegría. Disposición. Calma. (Esperamos que te resulten contagiosas algunas de estas sensaciones).

El grupo decidió para tratar con el problema, que luego se descubrió ético, transitar por el siguiente itinerario: definir lo que es la eutanasia, el concepto de esta buena (o digna) muerte, discutir su consistencia; fijar cada uno su posición a favor o en contra, con sus matices, de la eutanasia, después de una maduración conjunta del tema; y establecer entre todos aquellas condiciones necesarias o mínimas para la práctica aceptable de la eutanasia, si es que no habría de negarse de una manera absoluta esta posibilidad, cosa improbable en el seno de un grupo que discute y dialoga de veras. Para empezar, poder discernir muy claramente qué es eutanasia se antojaba al grupo un asunto crucial. Construir el problema para resolverlo en los casos particulares. Un problema humano que necesita, así, definición humana. Lógico. Primero se estableció, citando a Heráclito (“El camino hacia abajo y hacia arriba de una escalera son uno y el mismo”), que la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda y que, aunque no lo pareciera a alguno, este tema es muy filosófico, pues si la filosofía trata del bien vivir, la eutanasia trata de su reverso, de cómo bien morir. Y, a continuación, se estableció que la eutanasia tiene que ver con el sufrimiento extremo, físico o psicológico, que contiene un momento de decisión ineludible, moral pero también de orden social, puesto que esta decisión sobre la propia vida, este tránsito personal a la muerte, requiere de la intervención de otros (si uno puede causar y causa su propia muerte, lo llamaríamos suicidio, y de eso no hablamos ahora), requiere así de una ayuda de otros que se hacen cargo (y se responsabilizan a la par) de un final digno a una vida digna. ¿Se les escapa algún componente importante de la definición a nuestros participantes? Tú, de haber estado allí, ¿qué habrías añadido?

Satisfechos ellos de su contemplación teórica de la eutanasia, dan paso a una ronda de intervenciones personales, pero justificadas, que se alineen a favor o en contra de su práctica en los casos que fueran pertinentes, según la definición dada. Es obvio que la participación dialógica en las condiciones, significaba el asentimiento tácito del hecho; pero una definición no es nada, comparado con la vida. Uno puede aceptar la definición, pero no la aplicación práctica a una situación real. Y ahí está el verdadero problema. Por ejemplo, ¿hay aquí, en este momento, sufrimiento extremo? ¿Quién debe decidir en un determinado caso?

-Vamos a votarlo, a ver… si estamos a favor o en contra.

-El moderador: esto no es una cuestión de votos ni de mayorías. La democracia tiene su límite en la moral personal. Hay cuestiones personales más allá de las mayorías.

-Vale. Yo lo considero un derecho humano.

-Es algo sagrado. “Mi” dios entendería mi decisión.

-¡¿Y qué tiene que ver aquí la religión, hombre?!

-Lo digo porque se piensa a veces que la oposición a este tipo de cuestiones viene de la religión…

-El moderador: te entendemos… Gracias.

-Insisto: esto no es asunto de la religión.

-El moderador: pero mira, hemos dicho antes que la decisión sobre la eutanasia tiene un componente social… y ahí entraría la base religiosa, en la forma de creencias… ¿te parece?

-Vale, de acuerdo.

-Yo reservaría la eutanasia para los casos de sufrimiento baldío.

-El moderador: ¿qué quieres decir, que el sufrimiento es baldío…?

-No quiero decir eso. Me refiero a un sufrimiento irrecuperable, irreversible.

-En España, hemos pasado, en un tema así, de la negación rotunda de la época predemocrática al ensañamiento terapéutico actual, que prolonga la vida sin sentido. Contra esto, estoy totalmente en desacuerdo.

-Me he permitido buscar en Internet (Wikipedia) desde cuándo existe la eutanasia, que es la pregunta que lanzó antes el compañero.

-¿Y qué has encontrado?

-Que está desde siempre: en la antigüedad no había discusión sobre ello, se practicaba y punto; en la Edad media estaba prohibido y era mal visto, un pecado más; y en la actualidad, pueden contarse muchos modos de entender la eutanasia, unos más aceptables que otros para cada cual.

En un momento crucial del debate, un participante -muy experto ya en estos diálogos filosóficos- acertaba con el fondo de la problemática de la eutanasia: la aceptación de la muerte. Sucede la muerte; pero cómo me relaciono yo con ello. Había vivido la muerte cercana en el tiempo de dos hermanos suyos, cada uno con una actitud muy diferente respecto a su final aquí, uno aceptándolo, otro resistiéndose; y no murieron lo mismo.

Seguidamente, el moderador percibió que era tiempo de comenzar a abordar la tercera fase de nuestro itinerario: en qué condiciones debemos practicar la eutanasia, con qué garantías. Inclusive en nuestro país, que está prohibida la eutanasia activa -la más problemática-, ya se practica alguna forma de eutanasia indirecta, pasiva o paliativa, así que no a mucho tardar podemos darnos de frente con alguna situación familiar cercana en la habremos de tener las ideas mínimamente claras. De este modo fueron planteándose algunos interrogantes centrales en este tipo de decisiones, personales pero de implicaciones para las demás personas que nos rodean. Aquí, la finura de los análisis es clave para el diseño de normas que regulen una salida digna de la vida y que también sean capaces de prevenir abusos posibles. Pero se convino en que lo más que podían hacer los participantes era el abordaje de las cuestiones éticas implicadas en la eutanasia. Fingirnos un comité de ética, previo al diseño normativo y legal, que trasladara luego sus conclusiones al legislador, para que no fueran obviadas. Si bien es cierto que éste sería un debate que excede el ámbito de un simple comité de ética, pues afecta a toda la sociedad y necesita un debate adecuado y mucho más amplio, que es necesario abordar.

Así lo piensa y lo dicen con firmeza los participantes. Algunas preguntas que discutieron nuestros protagonistas: si hablamos de muerte digna, el bien, ¿para quién se busca, para el sujeto o para los demás, o para ambos? Sin el sí consciente del sujeto, ¿puede aceptarse la práctica de la eutanasia? Y si ha manifestado anteriormente que no desea que se le practique, ¿debemos respetar siempre, en todos los casos, ocurra lo que ocurra después, su voluntad? ¿Y qué debemos hacer en el caso de los niños, quién decide? ¿Y si no se ha manifestado en ningún sentido la persona, objeto de la eutanasia?

Pero, un momento: dicha persona, ¿es sujeto u objeto de eutanasia? Se cita, en un momento dado de la discusión de estos interrogantes, la película Mar adentro, de Amenabar, que es y no es un buen ejemplo de eutanasia. Si la persona lo pide tan clara y tan conscientemente como Ramón Sampedro, ¿es inaceptable la posición contraria de los demás que le rodean?

Todas estas cuestiones sirvieron para que los participantes se aclarasen a sí mismos un poco más, cómo procederían en un caso que se les presentara. Tú puedes plantearte también, cual miembro de un comité de ética, estas cuestiones u otras que consideres relevantes, que luego te ayuden a tomar tus propias decisiones morales. Finalmente, pidieron al moderador un resumen de lo hallado, así lo hizo a gusto de todos, se felicitaron, se desearon buen verano con besos y abrazos, no sin antes hacerse unas fotos de todos en aquel espacio tan singular, el patio de la meditación del convento carmelita, y se despidieron hasta el día 20 de octubre del corriente, si no era antes.

Sobre los errores

Sobre los errores

Sobre los errores
Café Filosófico en Vélez-Málaga 8.8
19 de mayo de 2017, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

A los 17 años fui a la universidad. Ingenuamente elegí una casi tan cara como Stanford y todos los ahorros de mis padres, de clase obrera, se fueron en la matrícula. Seis meses después yo no había sido capaz de apreciar el valor de su esfuerzo. No tenía idea de lo que quería hacer con mi vida y tampoco sabía si la universidad me ayudaría a deducirlo. Y ahí estaba yo, gastando todo el dinero que mis padres habían ahorrado durante toda su vida. Decidí retirarme y confiar en que todo iba a resultar bien. En ese momento fue aterrador, pero mirando hacia atrás es una de las mejores decisiones que he tomado. Prescindí de las clases obligatorias, que no me interesaban, y comencé a asistir irregularmente a las que sí consideraba interesantes.
Steve Jobs

El sufrimiento no es intrínsecamente necesario. El sufrimiento es la consecuencia del error; allí donde hay error inevitablemente hay sufrimiento. El sufrimiento -en un plano o en otro- nos está indicando allí donde hay un error, y es gracias a este sufrimiento que nos decidimos a buscar la solución. El sufrimiento nos está señalando allí donde nosotros estamos funcionando mal; aquello que nos hace sufrir nos está indicando concretamente algo que hemos de desarrollar más o algo que hemos de cambiar en su esquema.
Antonio Blay

¿Tiene alguna función en nuestras vidas el error?

En un Café filosófico no hay errores, todos son aciertos. El error posee una razón de ser, que la discusión filosófica ha de indagar. Todo es aprovechable. Lo mismo en la educación. Por eso Sócrates es el mejor maestro. Pero también en la vida. La filosofía es como la vida. Es una forma despierta de vivir. Así que es muy posible que, en la vida, detrás de un error haya siempre una verdad, latiendo, instruyendo. Uno de nuestros mayores retos, como seres vivientes, quizás sea integrar conscientemente nuestros errores, porque integrados en mi vida ya lo están de suyo. ¿Acaso sería yo ahora el mismo sin mis errores? ¿Y cuándo me siento yo mejor, que cuando logro vislumbrar la verdad escondida tras un error mío? Entonces, estoy en buena disposición para decir lo que he de decir, hacer lo que he de hacer. Entonces, me siento muy a gusto conmigo mismo, muy satisfecho de mí. Estoy en la verdad y desde ahí siento, hablo y actúo. Estoy en mí, aposentado en mí. Ahí no hay desdicha, no hay drama. Hay plenitud y goce sumos.

Estimado lector, acabo de sugerirte a la inversa lo sucedido en el penúltimo café filosófico

-seguramente, nunca se sabe- de la temporada. El moderador comenzó preguntando por ese momento reciente en que nos hemos sentido a gusto, satisfechos con nosotros mismos, y de un comentario surgido de pasada (“detrás de cada error hay una verdad”), se adueñó luego de la reunión la temática del error. Pero no era el interés conocer por qué hay error o errores, sus causas, sino algo más descuidado normalmente, el para qué del error, su funcionalidad u operatividad en nuestras vidas. Si hay error, preguntarse por qué lo ha habido es humano pero también, si hay error, preguntarse por su sentido o finalidad, ya que existe… y es parte de lo que existe.

Soy yo quien habla y actúa, estoy de verdad en mí; el camino puede haber sido más sinuoso  o menos, más directo o dando un rodeo a través de mis errores y de mis aciertos, pero son esos momentos en los que soy mi centro, en los cuales me siento más a gusto conmigo mismo, pues soy más yo mismo. Por ejemplo: cuando he dicho lo que pensaba sin coartarme a mí misma; cuando he sido de ayuda a un amigo, para aclararse con sus cosas; cuando he tomado con claridad una decisión anticipadamente; cuando he inspirado confianza a otras personas; cuando he logrado hacer lo que he querido hacer; cuando he ayudado a otros a decidirse; cuando he sentido que aportaba cosas  valiosas a los demás; cuando me he dejado contagiar de su felicidad; cuando he caminado por aquella montaña en condiciones extremas; cuando he pintado -mientras pintaba- mis acuarelas; cuando yo he sido la que ha apoyado a mi madre; cuando me he sentido satisfecho con mi forma de ser; cuando he logrado mi objetivo, compatible con el de otra persona. Añade ahora tu propio momento de satisfacción plena, de armonía contigo mismo.

Como primero hay que saber de qué se está hablando, para garantizar mínimamente que hablamos de lo mismo, convino el grupo en aclarar bien qué son los errores.

-Errar es equivocarse, no acertar, consciente o inconscientemente.

-Es fallar con el resultado.

-Pero, entonces, debe haber algo previo, respecto a lo cual uno se equivoca, o bien, yerra en los resultados o consecuencias, ¿o no? -sugiere el moderador.

Emerge así la idea del “modelo” y cómo todo error lo sería respecto a un modelo, es decir, respecto a un modo correcto de hacer y sentir las cosas, que es aceptado social o individualmente

-en realidad, esto segundo sería requisito imprescindible-. Un patrón o norma de cómo debiera ser  el mundo, también mi mundo. El error sería, pues, una desviación involuntaria -no  buscada- respecto de un acto o decisión consciente, es decir una expectativa truncada respecto a un modelo previo (personal o social), que conlleva consecuencias negativas desde ese punto de vista de ese mismo modelo. Por acuerdo unánime del grupo, se adopta esta definición operativa con vistas a continuar discutiendo si el error habría de contener en sí alguna función… positiva.

¿Tiene el error alguna función positiva que cumplir en nuestras vidas? Como vas a comprobar acto seguido, esta positividad de que se habla -que se descubrirá en el transcurso del diálogo- no es correspondiente a la dualidad positivo-negativo que, como cualquier otra dualidad, es fuente de un sinfín de perplejidades: nada hay positivo ni negativo del todo, en lo negativo hay positivo y viceversa, nada hay negativo ni negativo en sí, sino que depende del punto de vista que se mire… Positividad aquí es realidad: el error es o existe. Y si es o existe, satisface una funcionalidad, juega un papel en la existencia de las cosas, positivamente. Es posible que no nos guste que el león descuartice a la gacela, pero esto es ya una valoración moral, además de un prejuicio antropomórfico. Debe ser necesario que eso ocurra, puesto que ocurre. Metafísicamente -más allá, o más acá, de cualquier moral o visión moral al uso- la postura más sensata es, entonces, la aceptación. Veámoslo a través del error.

-La función del error es aprender del error. Si no aprendes, te seguirás equivocando.

-Son ensayos, mediante los que aprendemos y mejoramos.

-Hasta la ciencia aprende mediante ensayos y errores.

-Pero no aprendemos de un error, generalmente, necesitamos cometer muchos errores.

-Por eso dicen los clásicos aquello de que humanum errare est.

-Errar te vuelve más humilde, más humano, aceptando que eres un ser limitado, que se equivoca.

-Cuando admites un error, de algún modo lo haces consciente, haces consciente algo de ti que no sabías. Por tanto, es como poner luz a una parte tuya.

-Sí, te hace más humano, e incluso, te vale para quitarte estrés, presión tuya o de los demás.

Como puedes apreciar, en el grupo fue madurando una visión del error diferente a la habitual (“es malo equivocarse”, “el error es negativo”), en la que los errores quedan integrados en nuestra vida, formando parte activa y dinámica de ella. De ahí que todos convinieran al final de esta fase central de la discusión -sobre la función del error- en responder de esta manera a la pregunta que se había planteado: la función del error se constituye al lograrlo integrar en mí. ¡Integrar el error!

¡Este es el reto que te brinda el grupo! Pruébalo por ti mismo, por ti misma. Propicia un giro total a los sinsabores de la vida. Pues, como verás a continuación, lo mismo le pasa al sufrimiento, que es en realidad una forma en que se manifiesta el error. Pero antes de abordar este corolario de la respuesta dada por el grupo, pasaron algunas cosas interesantes, que fueron preparando el terreno de la conclusión que ya conoces, y que no quiero que te pierdas.

-Una participante preguntó: ¿Siempre hay que superar los errores?

-Responde el moderador: ¡Buena pregunta! Saquemos una consecuencia desde nuestra definición de error, vinculada a un modelo. ¿Y si lo erróneo es el modelo desde el que se juzga?

-Apostilla otro participante: por ejemplo pasa con la eutanasia, que era el tema que yo quería plantear al inicio. Para unos es un error plantear la eutanasia y para otros es un acierto, según sean sus ideas y creencias.

-Interviene de nuevo el moderador: eso es lo que ha pasado históricamente con la sexualidad femenina, por ejemplo. Mostrar la sexualidad femenina era considerado un acto censurable en otros tiempos…

-Todos convienen: desde luego, ¡hay modelos que dejan mucho que desear!

Y tienen mucha razón nuestros participantes. Ese modelo de origen social está en ti, pero tú te has identificado con él, lo que te lleva incluso en ocasiones, a considerar que el error proviene de ti. Y sí, el error está siempre en último término en ti que produces efectos con tus acciones, pero originalmente estaría en ese determinado modelo, que es, al igual que todos, un modelo falible.

Casi al final de la reunión el moderador, como modo de profundizar más en lo hallado, tirando de un hilo anterior que se resumía en la expresión: “sacar pecho de tus errores”, planteó la siguiente situación: una manera de sacar pecho de nuestros errores podría consistir en darnos cuenta de que nosotros no seríamos los mismos sin esos errores que me han ido ocurriendo, ¿no es cierto? Y, diligentes, los participantes desgranaron un cúmulo de ejemplos estupendos que corroboraban esta idea:

-Una separación traumática, que luego desarrolló como personas a ambos miembros de la pareja.

-Lo mismo que le hacía no querer ir sola a los establecimientos públicos (al cine, a comer…), el hecho de aceptarlo con el paso del tiempo como algo propio y no impropio, le habría llevado a esta persona a descubrir y a disfrutar de sus momentos de soledad.

-Era insincero consigo mismo a la hora de dar un pésame -él es agnóstico y prefiere no ir a misa- hasta que se dio cuenta de que no tenía necesidad de falsearse a sí mismo y que podía decir lo que pensaba y expresar su acompañamiento de un sepelio a su manera propia.

-Cuando niña se veía diferente a otros niños, no le gustaba lo mismo que a ellos y era rechazada con frecuencia en el colegio; este aislamiento le llevó a refugiarse en la escritura, algo a lo que por nada renunciaría hoy día.

Ahí tenéis algunos buenos ejemplos de “errores”, considerados así al principio, pero vueltos luego un acierto. Seguro que tú puedes añadir otros casos propios. Así pues, parece que es necesario integrar el error, que es como mejor se vive. Dar gracias, por tanto, a nuestros errores, pues que nos han configurado como somos. Pero, ¿por qué nos resistimos tantas veces a acogerlos y a aprender de nosotros con ellos? Los participantes de este café filosófico lo tenían muy claro: para evitarnos  el dolor que conllevan. Esta respuesta te lleva directamente al lugar que antes ya te había anunciado: ¿No deberíamos ser capaces también de integrar el dolor, el sufrimiento? Si esto no ocurre, ¿podremos acertar con nuestra felicidad? Observa si el sufrimiento no viene del miedo a perder lo que creo que soy. En definitiva, un modelo, una idea de mí, con la que me he identificado. El error está en creer que yo soy eso, esa idea de mí, el modo en que creo que debo ser, porque de lo contrarío mi mundo se desmoronaría y yo con él. Este es el error de los errores. Este es el engaño hiperbólico en que vivimos. Y lo sufrimos. Pero el sufrimiento no es más que el síntoma del error. Miremos qué nos está diciendo, qué error o limitación necesitamos revisar en nosotros.

Sobre mi función en la vida

Sobre mi función en la vida

Sobre mi función en la vida
Café Filosófico en Vélez-Málaga 8.7
21 de abril de 2017, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

Cada vez que trataste injustamente a alguien, te lo estabas haciendo a ti mismo. Cada acto de bondad que has realizado, te lo has hecho a ti mismo. Cada momento de felicidad o tristeza experimentado por un ser humano fue, o será, experimentado por ti.
Andy Weir, El huevo

¿Por qué estoy aquí?

Estos tiempos generan individualismo y visión corta. Ombliguismo. Quizás por eso, nos cuesta trabajo adquirir una visión más universal de los asuntos y de la propia vida. Todo lo vemos diferente, exclusivo. Y por supuesto, lo que a mí me pasa, lo que yo pienso y siento, no le pasa a nadie. ¡Que no me confundan! Así, no es raro que algunas personas tengan algunas dificultades para moverse entre líneas, navegar entre los distintos niveles. Les hace falta algo de entrenamiento, para pasar de universal a lo particular -sin perder toda su profundidad- y de lo particular a lo universal – con todos sus matices-. Una manera de desarrollar esta habilidad es a través del ejercicio filosófico, la filosofía practicada juntos. Pongamos por caso la pregunta de aquella tarde: ¿Por qué estoy aquí? No es difícil que se centre la respuesta en el yo que está supuesto ahí, en la pregunta, convirtiéndose la respuesta en una respuesta egocentrada, incapaz de ver más allá de sí misma, de sus muchas preocupaciones mundanas actuales. Sin embargo, lo cierto es que ¡todos estamos aquí también! Algo compartiremos, algo podremos comunicarnos, algo podremos entendernos y ayudarnos mutuamente. Quédate, entonces, con nosotros. Tamaña pregunta metafísica tendrá un desarrollo mundano a tu alcance, de manera que puedas estar en ti y, al mismo tiempo, salir de un poco de ti, hacia el horizonte que te ofrecen estos participantes del séptimo café filosófico de la temporada.

Lo bueno de esta navegación personal que vivimos solitariamente está, quizás, en la sensación de que disponemos de algunas seguridades mínimas. Y a ellas echamos mano sobre todo cuando nos hayamos maltrechos por alguna vicisitud no deseada, arrojados ahí en medio de alguna mala racha. Como esta reunión consiste en dialogar y entenderse, es posible que alguna de las seguridades manifestadas por los participantes de aquella tarde, te venga bien para completar tu propio repertorio, y acudir a ella cuando no sepas bien hacia dónde dirigirte. Sin embargo, no vale aquí servirse de algo que no resuene en mí y lo no sienta formando parte de mí. Seria impostura. A la hora de ponerla en práctica notaríamos una futilidad vana. Así pues, te interpreto algunas de sus aportaciones: para resistir cualquier cosa, me pienso como un castillo inexpugnable; yo me valgo del convencimiento en unos valores básicos (sobre todo la solidaridad); a mí me vale ser fiel a mí misma, o tratar de serlo, ese es mi criterio; no se me olvida que soy como un ser-ahí arrojado al mundo (Heidegger), pues debo ser poca cosa para el Creador (sea esto lo que esto sea); que la felicidad está dentro de mí, y a ello puedo acudir siempre; una mínima autoconfianza, sin cuestionamiento, me saca de mucho apuros; haciendo lo que me gusta, siempre acierto; la confianza en alguien que amo, como mi madre, me salva de muchos aprietos.

-Pero y tú, nunca dices nada. ¡No te implicas!

-Yo contribuyo a que la reunión sea posible y vosotros podáis dialogar.

-Pero eso no es suficiente…

-Si te fijas, mis preguntas ya me implican bastante, por eso no doy respuestas. Es otra manera de dar respuestas. De todos modos, esta vez daré mi respuesta como un participante más: para esa seguridad mínima, yo acudo a la realidad misma de “yo soy”.

Habiendo desechado, a través de sufragio, el abordaje de las cuestiones como vivir el presente, la tolerancia religiosa, el vivir aceleradamente, un breve dialogo socrático entre el moderador y cada una de las personas que iban proponiendo temáticas, fue la pregunta “¿por qué estoy aquí?”, la que permitió enfilar la cuestión elegida de la tarde: mi función en la vida. Aunque la temática apuntaba hacia el para qué, la formulación del porqué pareció al grupo más  prometedora. Y uno de los participantes, muy versado en esto de los cafés filosóficos, quiso comenzar poniendo una base desde la que arrancar el diálogo. Es muy posible que sin esa primera base el encuentro hubiera discurrido de otra manera. Lo mismo pasa con la existencia en general, toda acción tiene una consecuencia, toda intervención cambia el mundo mostrando  sus posibilidades. De esta manera, partiendo del dicho aristotélico -“la naturaleza no hace nada en vano”- este participante fijó la primera parte de su apoyo a la discusión: hay una primera conciencia o razón universal, que es la perspectiva de Dios o la Naturaleza. La segunda parte está constituida por la perspectiva o conciencia del yo individual. Y ambas son diferentes y, a menudo, divergentes. Una posición o juicio de valor que no fue del gusto de todos los asistentes, pero cuyo fondo estuvo presente a lo largo de casi toda la discusión.

-Es cierto, yo estoy aquí por una causalidad: mi madre tuvo cinco abortos y únicamente yo estoy aquí. Esto no ha ocurrido porque sí.

-Pero entonces, parece que coinciden ahí los dos designios, el individual y el universal, habría compatibilidad, ¿no es cierto? -trata de aclarar el moderador.

-En realidad, y según la ciencia indica, somos fruto del azar y yo ahí tengo poco margen.

-Más bien, me veo como    una parte de la vida, soy vida, y esto lo asumo como algo natural

-de nuevo, compatibilidad, certifica el moderador.

El transcurso del diálogo por este derrotero mostraba que, al menos, una participante no acaba de ver claras dos posiciones, que se fueron fraguando, y las mezclaba continuamente en su farragoso discurso. De ahí que el moderador iniciara un diálogo circunscrito para que esta persona se aclarase a sí misma un poco más su propia postura.

-A ver, aparte de la postura inicial que presenta como incompatibles la conciencia universal  y la individual, se han matizado, por parte de los compañeros, estas dos posibilidades: a) predomina un flujo universal pero yo puedo tomar pequeñas decisiones, dentro de esos márgenes, y b) dicho flujo universal lo asumo como propio íntegramente. ¿Te queda claro? ¿Tú donde estás? ¿Qué nos quieres decir?

-Más bien, la primera.

Con otra participante igualmente inicia el moderador otro diálogo monográfico:

-A mí eso no me entra. Yo nunca hago lo que quiero, porque sería egoísta. Se le responde, por parte del grupo: ¡eso te lo han inculcado!

-No, lo sé desde pequeña… siempre hay alguien que no le gusta lo que haces… ¿y qué opción te queda?

-A ver -el moderador: tú, ¿qué querrías hacer?

-Yo me iría encantada a retiro de una semana a un monasterio, pero entonces abandono a mi familia…

-¿Estás segura? ¿Por eso, por una semana, abandonarías a tu familia?

-No sé.

-Piensa si sólo abandonarías tu idea de tu familia…

Desconozco, estimado lector, si te ha parecido que este paréntesis venía a salirse de la corriente  del  tema  tratado,  pero  he  de recordarte  que  nada  está  fuera  de  lugar  en  un diálogo

filosófico. Todo lo que se afirma, inspirado por una misma preocupación o un mismo interés, está intimamente ligado, sólo que de una manera inconsciente que necesita aflorar y tomar conciencia de sí. Si te fijas bien, el pensamiento de que “actúo egoístamente” -la mala conciencia- parte del supuesto de mi incompatibilidad con lo que ocurre, ese flujo universal y mi flujo individual, entre el macrocosmos y el microcosmos. Sin embargo, la aceptación de la situación, que me incluye a mí mismo, cambiaría todo el panorama. Yo siento esto y el obstáculo para poder expresarlo es una idea mía que me pongo como incompatible con lo que deseo. Es muy posible que si hablo con franqueza a mi familia, ellos comprenderán mucho más de lo que pienso, y yo puedo comprobar también que necesitan mucho menos de lo que me figuro. Otra cuestión a mirar sería por qué yo me lo prefiguro así.

Acto seguido, el moderador considera conveniente hacer aterrizar un poco más el tema de la discusión, y propone una alternativa más cercana que la cósmica, inalcanzable e inescrutable. Así pretendía circunscribir mejor el diálogo y evitar en lo posible caminar en círculo.

-La pregunta era: ¿por qué estoy aquí? Y el hombre se lo pregunta al hombre. Entonces,

¿estoy para desarrollar una función humana (dejamos atrás el origen cósmico de esta función), o bien, una función individual, distinta y singular, la mía?

-Las dos cosas.

-¿Cómo es eso? ¿Cómo hacerlo compatible?

Después de un breve intercambio de pareceres sobre cómo hacernos compatibles con la humanidad, el moderador que, como veis, esta vez tuvo que emplearse a fondo e intervenir más de lo acostumbrado -sería por la dificultad del tema-, planteó un modelo filosófico de cómo hallar dicha compatibilidad. De nuevo, se recurrió a Aristóteles.

-Según el filósofo antiguo, Aristóteles, todos los hombres buscan por naturaleza la felicidad. Creo que podemos aceptar este punto de partida: en el fondo, todos los seres humanos buscan ser felices. Ahora bien, el modo de buscar este bien supremo puede muy bien ser muy particular de  cada uno. ¿Qué os parece? Es posible una función única, humana, y a la vez, es posible que cada uno tenga que desarrollar su función propia, por tanto, una diversidad de modos. Habría un nivel de desarrollo común, pero el modo de expresarlo sería individual.

La mayoría parecía ver esto claro, pero no todos, especialmente la participante más joven.

-Pondré otros ejemplos: todos hablamos, pero hablamos lenguajes o idiomas diferentes; tú y yo podemos querer ser solidarios, pero tu manera de contribuir es diferente a la mía; todos apreciamos la belleza, pero con objetos diferentes… ¿Te queda más claro? En definitiva, se trata de combinar mi conciencia con la conciencia universal.

-Esto que hablamos me recuerda el cuento (disponible en Internet) de Andy Weir,  El  huevo

que contó, a grosso modo, una de las participantes-, autor de la novela El marciano, convertida luego en película, dirigida por Ridley Scott.

-En definitiva, todos somos somos uno. O dicho de otra manera: yo soy todos.

Con lo cual cayó del árbol suavemente una respuesta esencial a la pregunta del comienzo de la indagación: ¿Por qué estoy aquí? Respuesta: para vivir humanamente. Y esto requiere un aprendizaje. De una maduración, como señala el cuento de Andy Weir, del que tenéis un fragmento a la entrada de este relato. Lo que puede parecer una tautología (como si dijéramos: ¿para qué estamos aquí los humanos?: para vivir humanamente), pero no lo es en absoluto; es un despliegue, una explicitación, una expresión de lo que somos, no meramente formal sino con contenido vital, tanto social como individual. Contribuir a la humanidad, al desarrollo de la humanidad en nosotros. Siendo solidario, conviviendo, tolerando, respetando, razonando de un modo sensato…, es decir, desarrollando los valores de la humanidad.

-Pero, entonces, ¡necesitaré toda la vida para conseguirlo!

-Claro. Pero aquí lo que importa no es la meta, sino el proceso mismo, el camino. Por el camino tú ya no vas siendo la misma, pues irás creciendo, desarrollando tu manera de contribuir a la humanidad. Cada uno lo expresará de una singular manera, su amor por la humanidad, su amor a sí mismo.

Esto fueron concluyendo los participantes y así fueron satisfaciendo el destino de sus primeros pasos vacilantes. A unos les resultaba más fácil situarse en un nivel común, para otros era algo más complicado. No lo veían de primeras. Pero es muy posible que todo radique en el propio nivel de desarrollo de nuestra conciencia: si estamos situados en un nivel más bajo -no inferior- todo lo veremos distinto y exclusivo -puede que, incluso, excluyente-, yo soy distinto y busco cosas diferentes; si estamos situados en un nivel de conciencia más elevado -no superior, pues todos los niveles son reales, sólo que unos suponen el desarrollo previo de otros-, percibiremos lo común y observaremos cómo todos buscamos en el fondo lo mismo; que yo soy como tú, al igual que tú eres como yo… que somos uno, no dos, ni tres… que somos y estamos integrados. ¿Has sentido mayor goce que cuando te sientes formando parte de algo más grande, pero que eso eres tú mismo más adentro? A esa unión profunda, a eso todos lo llaman amor cada uno a su manera.

Sobre la amistad

Sobre la amistad

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.7
21 de marzo de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

 

“Los malos [amigos] serán amigos por deleite, o por provecho, pues son en esto semejantes, pero los buenos serán amigos por sí mismos, porque éstos en cuanto son buenos son absolutamente amigos, pero los otros accidentalmente, y en cuanto quieren remedar a los buenos en alguna cosa” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, VIII, 4).

“El que conoce el principio masculino y se mantiene conforme a lo femenino es como el profundo cauce del mundo donde confluye todo bajo el cielo” (Tao Te King).

¿Qué es la amistad?

A nadie se le escapa que necesitamos ser acogidos y que también nos ayuden a ver más claro, si es posible. Así que estamos buscando siempre a un buen amigo. Dos funciones de la amistad que responden a dos estilos, femenino y masculino, que los participantes de nuestro encuentro filosófico van a descubrir para ti. Estábamos allí, en la Cafetería Bentomiz, al día siguiente del equinoccio de la primavera, que se despertaba perezosa para pocos días después aletargarse de nuevo, ya sin demasiada convicción, pues había llegado su hora astronómica.

Una vez se hubo creado el ambiente adecuado, se propusieron los siguientes temas de investigación: las creencias, la amistad, la inteligencia artificial, los sentimientos. Ya sabéis cuál era el más atractivo aquella tarde. ¿Qué es la amistad? ¿Cómo se manifiesta? ¿Por qué hay? ¿Cuánto dura? ¿Para qué sirve? ¡Más despacio! Comencemos por el principio: ¿Qué es la buena amistad? Una pregunta del moderador que fue rápidamente impugnada, pues la amistad no había de tener adjetivos; no había de ser buena o mala, pensemos mejor en el sustantivo. Tomemos a la amistad en sí misma.

—Es una relación duradera.

—Es la más duradera.

—Pero, ¡estáis también vosotros tirando de adjetivos! ¿Qué es la amistad en sí misma?

—Es aquella en que nos mostramos tal como somos.

Gustó mucho al grupo esta aproximación a la amistad: la naturalidad que te ofrece, la posibilidad sencilla de poder ser tú mismo. “El amigo actúa como de espejo; no interpreta, no juzga”. Y se aclaró entre todos qué podía significar eso de “ser un espejo” en el que tú puedes mirarte y verte mejor, más distanciadamente, el que te ofrece tu amigo o tu amiga.

En cada ocasión, si sabíamos buscar lo que necesitábamos, lo encontraríamos en las personas adecuadas. Acogida o análisis, escucha o acción, profundidad o simplicidad, solidaridad o claridad. ¿Tienes tú amigos de todo tipo y sabes acudir a ellos cuando lo necesitas? ¡No te quedes atrapado en los estereotipos! ¿Y no te podrían dar de todo eso también, aunque sea a un nivel básico, otros seres no humanos, por ejemplo, tu perro que te acompaña fielmente y también te defiende de algún peligro cuando te hace falta?

 

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