Sobre las adicciones

Sobre las adicciones

¿Es posible que haya buenas adicciones?

Café Filosófico en Vélez-Málaga 10.5

15 de febrero de 2019, cafetería Bentomiz, 17:30 horas

¿Es posible que haya buenas adicciones? Seguramente tu postura será contraria. Sin embargo, ¿dispones de una respuesta clara que certifique dicha intuición? Para eso, precisamente, sirve reunirse con otras personas como tú, aunque sean diferentes en edades e intereses específicos, para aclararse uno mejor a sí mismo. ¡La utilidad de lo inútil!, que dicen con razón… Además, habrás de saber que es bastante complicado vivir cada día sin una mínima confianza…, vivir con desconfianza, vaya. Podíamos decir que la confianza es una especie de “entrega activa y consciente a algo o a alguien”. Vivir mínimamente centrados, con confianza en el largo plazo, entregando el resultado ya de antemano, es la base de nuestra acción despierta, es la base de la aceptación, sobre todo de aquello que no depende de nosotros, y es la base de unas relaciones sanas con nosotros mismos, con los demás y con el mundo. Así que mira a ver: ¿tú, en qué confías? Esto mismo se les preguntó a los participantes de este café filosófico de un febrero que va trayéndonos a diario algo más de luz. Lo que sobre esto descubrieron, esta vez lo guardo para ellos mismos.

Se mostraron los reunidos muy analíticos, de manera que empezaron por delimitar los componentes básicos de toda adicción (luego determinaron su origen o causas): tú no dominas, te domina; dependes de ello; activa elementos químicos de tu cerebro que a base de reiteración te engancha; implica trastornos de tu personalidad y de tu entorno social; siempre está vinculada la adicción a un hábito; la voluntad queda anulada en mayor o en menor medida; supone un refugio o huida de “heridas” muy profundas en el sujeto, no curadas; se trata de una necesidad creada o adquirida, no natural o básica; suele contener un patrón de conducta imitativa, mecánica o inconsciente; también establecieron un componente de evolución cultural, según modas sociales. Con todos estos rasgos básicos tú mismo/a puedes construir una preciosa (y desgraciada) definición de “adicción”, como ellos y ellas mismos hicieron. Si estuviéramos en un Taller de filosofía, a continuación, por grupos, propondrían a todos los participantes, para su discusión y progresiva depuración, una definición provisional. Pero no era el contexto, así que se esbozaron algunas posibles nociones de adicción y se siguió adelante, tras las causas u origen de la misma.

La presión social, las heridas, el sistema económico que nos empuja a ello (no hay nada más rentable que consumidores adictos…), una predisposición genética, que no es lo mismo que una determinación necesaria de que suceda siempre, un ambiente social precario, material o espiritualmente (no es cuestión de ricos y pobres… incluso los primeros tienen más medios para volverse adictos…), que se haya convertido en el centro de gravedad de intereses comerciales o políticos… Incluso el Estado participa, como cómplice y propiciador, de esta orgía de la adicción, como modo de control social y beneficio económico. ¿Se han fijado alguna vez en la contradicción subyacente de los avisos de las cajetilas de tabaco? ¡Dice que puede matar, o cosas peores, y se sigue vendiendo… cada vez más caro! En efecto, la adicción es el negocio redondo de nuestro tiempo. Como cada uno es libre de consumir…, ¿o no? ¡Maldita y acrítica ideología individualista-liberal…! De todo esto se habló, y la discusión se polarizó entre los que ponían el énfasis en la predisposición individual (genética, psicológica, personal) y los que defendían a ultranza el condicionamiento social, económico, político o cultural. Pero como allí se va a discrepar pero a colaborar, la indagación llevó a ver muy clara la preeminencia de una interacción entre la predisposición y estimulación, interna la primera y externa la segunda, ésta que despierta la anterior, según cada caso.

Ahora ya sabes por qué, por definición, no puede haber ninguna adicción buena o defendible o aceptable. Por ejemplo, este relator es posible que se haya vuelto adicto a estos cafés filosóficos, sin embargo, puede desenvolverse en otros contextos, persigue otros intereses, su vida personal, familiar, social, cultural y profesional se enriquece constantemente con su celebración, no es un medio que se haya convertido en un fin, no es un esclavo de los mismos (en cuanto observe que no hay interés, no los celebrará), etc. Por lo tanto, si es bueno, no puede ser una adicción, sino más bien una pasión, y no una pasión que se padece, pasivamente, sino activa y muy conscientemente… como son las verdaderas pasiones.

APÉNDICE:

Algunas entradas para un inacabado catálogo de nuevas adicciones

Internet: medio de vivir otra vida, sin moverte de casa, sin tocar ni oler nada. Sólo viendo y oyendo. Tantas maravillas ha escuchado de este medio el sujeto, que relaja su capacidad crítica y se vuelve tan inocente que olvida que, en el mundo paralelo en que se introduce, sólo rigen limitaciones técnicas. El sujeto adicto, tanto se acostumbra a moverse en este “universo virtual” que, mientras navega por él, llega a apreciar sus grandes ventajas: tiene pleno dominio de “su mundo” con un simple “clic”, tiene libertad de “movimiento”, puede ocultar su identidad y así hacer lo que siempre quiso hacer y no fue capaz de hacer, puede, en fin, perderse en él y perder de vista todo lo que no le gusta. El mundo se puede estar hundiendo a su alrededor, y con él su propio mundo, pero le da igual, porque él, en realidad, pertenece a otro mundo.

Teléfono móvil: medio para comunicarse con movilidad. Debido principalmente al proceso comercial de búsqueda y mantenimiento de clientes, la continua adición de más y más utilidades, lo vuelve necesario, adictivo para el sujeto, que ya no puede vivir sin él. El sujeto siente que tiene el mundo en su mano, y como tal cetro le da tanto poder, ocupa el centro de su vida, acondicionándose secciones de la vida privada o social para que el móvil sea utilizable. Cree que tiene un móvil, pero el móvil le tiene a él. Un “silogismo” habitual del teléfono móvil: “la vida es móvil, móvil es vodafone, por tanto, la vida es vodafone”.

Videojuego: medio de aislarse del mundo real, mediante el cual el sujeto adicto cree divertirse y pasar un rato. Cuando solamente se divierte jugando a él, ya no se divierte con él. Los efectos de esta adicción son, así, desastrosos para el sujeto y los que le rodean. Se vuelve agresivo, porque sabe que hay otras cosas en la vida, que hay otros “juegos” vitales, pero no es capaz de pasarlo bien de otra manera. En el mejor de los casos, buscará “eternamente” nuevos videojuegos hasta que, de tantas horas de entrenamiento, vayan quedando obsoletos y, entonces, busque siempre, desesperadamente, otro más “divertido”. Una vez alcanzada esta situación ideal para el fabricante y el promotor de videojuegos, el negocio ya es imparable, está en marcha y bien consolidado que está.

Sobre la inteligencia

Sobre la inteligencia

Café Filosófico en Vélez-Málaga 10.4

18 de enero de 2018, cafetería Bentomiz, 17:30 horas

¿Qué es para ti más real? Puede ser el paso del tiempo, la constancia del espacio, la presencia de tus emociones, la conciencia de la muerte, el sentir la amistad, el cambio semántico, una mirada sincera, la maravilla de poder entendernos cuando nos entendemos, mis vínculos, la conciencia, la conciencia de ti mismo, la sensación real e inestable de no-realidad, el amor…,    pero, digas lo que digas, no sería para ti real la realidad, si no sintieras en lo hondo de ti una noción básica, central, una intuición vivida (muy vívida), una sensación muy real de ti mismo. La sensación de yo soy, que es una constante en ti, a pesar de tus cambios a lo largo de los años y la sucesión de inestables estados de ánimo. Lo real posee realidad para ti porque sobre ello trasladas la noción intima de tu propia realidad… Por este derrotero, metafísico y vital, transcurrió la introducción a este café filosófico de enero. Se propuso para disfrute y reflexión de los asistentes (el placer de saber, de sentir), y se copia aquí para tu propio conocimiento personal…

Entrando ya en la materia del día, nuestros participantes preguntaron: ¿Qué es ser inteligente? Ante la inflación actual del término “inteligencia”, habría que marcar la distancia suficiente para darse uno cuenta de que inteligencia no puede ser cualquier cosa. Veamos. A la inteligencia se la ha medido (el famoso y denostado CI), se la ha clasificado (inteligencia abstracta/concreta inteligencias múltiples), se la ha reducido (capacidad para resolver problemas), se la ha convertido en una mera función adaptativa, una pura estrategia instrumental, ha sido utilizada para discriminar y justificar el status quo de las élites dominantes, en fin… sin poderla agotar en su esencia nunca…

–Ser inteligente es ser capaz de desarrollar tu vida para poder vivir bien.

–Ser inteligente es ser capaz de cumplir eficazmente con una tarea.

Y discutieron un largo rato: ¿es preferible una inteligencia especializada, como hoy se demanda, o bien, una inteligencia general, global, integral, como algunos comenzaron a decir que se necesitaba hoy día? ¿Hacen falta ambas? ¿Cómo se repartiría, como hasta ahora: una élite y una masa (Ortega y Gasset)? ¿Élite de sabios (Platón)? ¿Élite de expertos? ¿Masa de ciudadanos conscientes, críticos, bien informados y con una capacidad de juicio madura (Kant)? ¿O masa de ciudadanos que se dejen conducir por los que saben, sólo clientes, usuarios o consumidores (Habermas)? Pues bien, si hubieras estado allí, con todos los participantes de aquel día, habrías estado de acuerdo en que la inteligencia es una potencialidad (humana y no humana), que en cuanto tal es común a todos los seres humanos (o no humanos) y no cambia en lo esencial, pero que necesita de un desarrollo. Y aquí está la madre del cordero: tal desarrollo se produce en función de los estímulos que rodean al individuo, propios de un determinado contexto social, cultural o histórico; un desarrollo sujeto a los vaivenes de las necesidades, los cambios históricos, las modas o preferencias pasajeras; y por supuesto, dicha inteligencia siempre es propia de cada uno en cada momento.

A continuación, la pregunta que cayó como fruta madura fue ésta: ¿Cuál es la inteligencia que más necesitamos hoy día desarrollar? ¿Qué clase de comprensión? Una inteligencia generadora de puentes en los conflictos, basada en valores humanos lo más universales posible, capaz de aprender a perseguir lo mejor y no sólo un interés particular, una inteligencia ecológica, donde los valores éticos no se olviden, menos antropocéntrica, proclive a construir hermandades y no enemigos… (¡Tú puedes añadir la inteligencia que hayas detectado que más nos hace falta!). Pero, ¿es esto un mundo de color de rosa? Sí es utópico, sí, pero necesitamos de la utopía –como siempre–, una utopía en sentido positivo: como orientación adecuada de nuestras decisiones colectivas. Pasito a pasito.

Así pues, ¿inteligencia puede ser cualquier cosa? ¿Puede una máquina ser inteligente? ¿Un procedimiento, por sí mismo, inteligente? ¿Una situación, una tarea, un frigorífico inteligentes? ¿Puede ser la inteligencia artificial? Se nos presentan dos opciones: llamar a todo eso inteligencia, olvidándonos de quién hace la pregunta, con el riesgo de que éste se vaya pareciendo (reduciendo) más y más a esa concepción de la inteligencia; o bien, recordar siempre que hablamos por analogía con quien hace la pregunta y no porque su realidad en sí misma sea inteligente. ¿Dónde pondremos la realidad, en la causa o en el efecto? Nos jugamos mucho… ¿no te parece?

Sobre lo políticamente correcto

Sobre lo políticamente correcto

–Ya es hora de dar por acabado nuestro encuentro filosófico. Llevamos casi dos horas y ya han salido muchas cosas interesantes… Muchas gracias a todos…

–Querrás decir a ¡todos y todas…! –interrumpe al moderador una participante y se ríen juntos.

Este final estaba dependiendo del transcurrir del diálogo aquella tarde larga, del día más corto del año. Y surgía del descontento de algunos participantes, sobre todo, jóvenes, que sienten como opresivo el exceso de la corrección política. Pero costó bastante al principio delimitar bien el tema. Fue el más votado, pero quedaba patente en la discusión que, entre todos los asistentes, habían votado desde conciencias diferentes. Podía haberse hablado de la política correcta, qué consideramos adecuado en política, las mejores decisiones; y ahí la ética juega un papel muy relevante. Pero el diálogo dejaba claro que los participantes, en el fondo, se morían por hablar de lo políticamente correcto, lo que se supone que es correcto en las interacciones humanas; en donde la ideología, el lenguaje y los sentimientos, las actitudes, son decisivos. Pueden ofender… ¡La ofensa y el daño… qué diferentes que son! Pero no adelantemos acontecimientos…

–Es que uno, ni puede ya contar un chiste, sin que sea acusado de machista, o de racista, o de…

–A veces, uno ya no sabe qué decir, o cómo decirlo, para que no siente mal…

–Mirad, os cuento una situación de hoy mismo: un compañero estaba dando una charla sobre una cuestión que no viene al caso y, un poco de broma, otro, de los que escuchaban, le advirtió: “ahora estamos entre colegas, pero cuando hables de esto en público no puedes decir “discapacidad” o “minusvalía”; ahora hay que decir: capacidades “diversas o diferentes”. Mientras yo me preguntaba, para mis adentros, si no son todas las capacidades de cada ser humano ya diferentes o diversas…, si se está diciendo algo…

No sé si sabéis que esta cuestión de “lo políticamente correcto” tiene ya una larga historia, desde los años noventa en el mundo anglosajón. Y sigue siendo polémica. Y sigue escociendo. Y sigue agitándose como bandera. Y sigue escociendo. Porque algo no queda dicho, algo no se queda satisfecho en nosotros. Algo de nosotros no está siendo escuchado… Para esto está la filosofía. Como ya pensaba Kant, para salvaguardar todo lo importante y que nada, por muy importante que sea por sí mismo, oscurezca otra faceta también importante de nosotros. Para esclarecerlo está la filosofía. La dignidad se juega siempre en una delicada línea, que también puede romperse defendiendo precisamente la dignidad. Puede haber falta de conciencia, juicios limitados de por medio, no considerar el contexto o darse una incapacidad de ver cada caso en singular. Una frase que os recomiendo para pensar, de las que dijeron los participantes de este diálogo, es ésta: “la tolerancia puede llevar en ocasiones a la intolerancia”. Y por eso, la importancia del examen crítico… de la filosofía. Para adquirir mayor consciencia de nosotros mismos y el mundo.

¿Dónde está el problema enquistado? Los participantes lo dejaron claro: en la exageración. ¿Qué territorio deja atrás el exceso? Los participantes distinguieron, analizaron, discriminaron, en un trabajo conjunto. Siempre habrá que no perder de vista el contexto en que se dicen las cosas, o las actitudes que se muestran. Sin contexto no hay significado concreto. Mira, si no, el diccionario… cuántas acepciones de cada palabra. Por otro lado, nunca habrá que olvidar la intención con que se dice lo que se dice, o se hace lo que se hace… La buena intención podrá producir daño, sí, pero no ofensa… Lo primero, a veces, reparable; lo segundo, siempre, cambiando mi perspectiva, cómo miro, desde dónde miro, apreciando su irrealidad, en el fondo. ¿Y el error? Es que no puede pasar simplemente que nos hayamos equivocado… ¿No sería más sensato preguntar, primero: tú qué quieres decir, qué buscas… qué necesitas… antes de disparar…? Y lo que es más: queremos personas, una sociedad entera, que sepa muy bien guardar las formas, las apariencias… ¿Descuidaremos el fondo, el contenido, la acción, la coherencia, su ajustamiento con la realidad? Uno puede ser muy respetuoso en la forma social, oficial, políticamente correcta, y un desastre en su comportamiento poco respetuoso… y viceversa. ¿Es posible?

Así pues, quizás nos valga más ser sensibles, pero no tan susceptibles. Uno ha de ser tolerante, respetuoso, no generalizar, defender derechos y denunciar discriminaciones lesivas, abusos e injusticias, pero quizás también pararse a pensar, a contemporizar, a relativizar, a no dramatizar, a preguntar, a escuchar antes de juzgar, a ver cada caso en su singularidad… y estas cosas que dan el sano juicio, la apertura de miras y la sensatez. Es posible que hoy en día, muchas veces, necesitemos una alta dosis de sensibilidad y menos de susceptibilidad. No es lo mismo. Una produce daños, la otra fabrica ofensas; y, en la ofensa, yo soy siempre el que se siente ofendido… Esto depende de mí (Epicteto). Con esta conclusión se cerró nuestro encuentro… que no acabó, como puedes comprobar en tu propia mente bulliciosa.

Sobre la evolución social

Sobre la evolución social

Café Filosófico en Vélez-Málaga 10.2

16 de noviembre de 2018, cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

            

¿Cómo evolucionar adecuadamente?

 

Unas horas después del Día Mundial de la Filosofía, ahí estaban casi cuarenta participantes de nuestro Café filosófico para indagar sobre la evolución. Social, cultural, histórica. El recorrido por nuestras evoluciones humanas requirió de una importante clarificación conceptual… para no perdernos, para no confundirnos. En exceso. ¿Qué es lo adecuado? O mejor, y más fácil quizás, ¿qué es lo inadecuado? Pero antes, ¿realmente evolucionamos? ¿Qué es evolucionar? ¿Es lo mismo que progresar? Pero, el progreso ¿es irreversible? ¿Y es siempre positivo? ¿Qué pasa con las metas a las que nos dirigimos? ¿Son siempre utópicas? ¿Puede haber consenso sobre los contenidos a perseguir, o lo importante es el modo como los alcancemos? ¿Y de qué manera hacemos compatibles el bien individual con el bien general? ¿Sólo buscamos unas mejores condiciones materiales? Imaginaos, a todo esto se pusieron manos a la obra los asistentes. Con mucha disciplina, con mucha colaboración mutua. Y así acabaron encantados. Lo dijeron. Cada uno a su casa, se llevó una buena remesa de cosas que pensar… para vivir mejor. Juntos.

 

Descartes nos ofreció su diáfano parterre para encauzar la primera reflexión, personal en este primer caso: ¿Ha quedado algo mínimamente claro en tu vida? Esta “tecnología del yo” (Michel Foucault) nos la ofrece Descartes, que le pasaba como a nosotros, dudaba. Tenía pocas cosas claras. Pero quería aclararse. No era un escéptico cualquiera (escepticismo metódico, lo ha denominado la tradición). Dudaba, buscaba, para encontrar algo indudable. Y creyó encontrarlo: la evidencia racional. Pero nosotros, que también dudamos, ¿hemos llegado ya a alguna evidencia, por pequeña que ésta sea, por muy personal o subjetiva que resulte? Y así estuvieron un rato, compartiendo sus evidencias, sus “claros del bosque” (María Zambrano), en que descansaban ahora sus vidas.

 

Una evolución es una variación o diferencia respecto a un estado previo que consideremos. Y es irreversible, en el fondo, pues nunca nadie cae dos veces en la misma piedra, o se baña dos veces en el mismo río (Heráclito), aunque parezca a primera vista la misma piedra y el mismo río. Además, no hay que confundir progreso con evolución. El progreso es una evolución positiva… Pero una positividad que satisface un bien mayor o un bien para la mayoría, según interpretaciones más o menos utilitaristas, pero que no desdeña nunca –ni debiera hacerlo– los errores y los fracasos. También son progreso, o mejor dicho, el progreso necesita de ellos, pues todo progreso adecuado se nos presenta –según dijeron los participantes– como un aprendizaje, un descubrimiento, o quizás un autodescubrimiento en la historia (Hegel).

 

Por otro lado, la metas a perseguir pueden ser problemáticas… Lo que hoy nos parece bien, mañana puede no parecernos bien… Incluso, podemos descubrir más adelante, con su puesta en práctica, que aquello se nos muestra totalmente nefasto. Podéis poner muchos ejemplos actuales, efectos de la utopía del progreso ilustrado: “seremos mejores (social, moralmente) a base de desarrollo científico-tecnológico”. De modo que más nos vale plantear ideales, utopías, abiertas, como metas orientativas, ideas regulativas (Kant), que no se alcanzan nunca, pero nos orientan en la misma búsqueda. Aspirando a los consensos más amplios posibles, sabiendo que, además de los contenidos alcanzados, importan mucho cómo se han logrado, si es adecuado el procedimiento. Simétrico en sus procesos, la igual posibilidad de intervenir por parte de todos los afectados e implicados en un problema (Habermas), y la corresponsabilidad de todos en relación con consecuencias generadas por nuestras acciones (Apel).

 

Y todo esto lo dijeron ellos para ti, sin tener que citar a ninguna autoridad, a ningún filósofo: el bien general no es posible sin el bien individual ni viceversa. Ni tampoco unos bienes materiales sin el logro de unos bienes espirituales, una mínima armonía o paz interior. Y muchos dirán que no nos pondremos de acuerdo, y que será injusto que así sea… Pero, ¿no es posible un consenso en lo mínimo, en lo básico? No en vano todos nosotros somos los seres humanos. A veces lo hemos conseguido. Verbigracia: los derechos del hombre y los del niño y los de la mujer y los de otros seres no humanos… No se cumplen siempre, pero nos orientan y nos permiten juzgar lo más correcto posible que sepamos. ¿Y no hay unos derechos y unas necesidades básicos que todos compartimos como seres humanos, como seres vivos, como habitantes de este planeta junto a otros. He ahí el camino adecuado.

 

Sobre la presión social

Sobre la presión social

Café Filosófico en Vélez-Málaga 10.1
19 de octubre de 2018, Mercado de San Francisco, 17:30 horas.

¿Cómo podríamos hacer frente, de la mejor manera posible, al mundo que nos rodea? Para mejor situarnos en él, para situarlo a él mejor en nosotros… Con sus estímulos, con sus presiones, y nosotros con nuestras respuestas, con nuestras acciones, con nuestras reacciones… Como norma general, la respuesta podría ser: con nuestro mayor desarrollo personal, con nuestra madurez, con nuestra mayoría de edad (“ten el valor de servirte de tu propio entendimiento”, nos recordaba Kant), tus propias capacidades desarrolladas. Y la filosofía, el filosofar, colabora en esta tarea personal y social de madurar, de ver el mundo, nuestro mundo, con ojos reflexivos, críticos, simpáticos, ojos nuevos, sensibles pero a la vez desidentificados, integrados y distanciados, orientados hacia lo universal y necesario, a lo  fundamental, la raíz y la fuente. De lo que hay. De lo que somos. Esto quiso decir uno de los participantes del primer encuentro de la temporada 2018-19. Muchos de los presentes quisieron también celebrar las últimas noticias: desde hace mucho, la ocasión única en
que nuestros políticos han llegado a un consenso (¡aaaleluya!), sobre la necesidad social, educativa, de la filosofía, ya desde las propias aulas. Muy buena señal. Es posible que se vaya percibiendo que lo que hoy necesitamos ya estaba ahí desde hace veintiséis siglos. Desde hace tiempo, era hora de ir recuperando a la filosofía como un modo de vivir consciente, autónomo y crítico. Aunque, todo hay que decirlo, también es responsabilidad de los filósofos profesionales su cuidado.

Los treinta participantes, en este nuevo marco remodelado del patio del antiguo Mercado de San Francisco, filosofaron… sobre la presión social, lo que implicaba la reflexión sobre ellos mismos. Siempre es sobre nosotros mismos. ¿Cómo se genera? ¿Cómo se manifiesta? ¿Por qué nos dejamos presionar? ¿Cómo podemos liberarnos de esa presión social? Pero, si no nos preguntamos primero sobre la realidad o irrealidad de eso que llamamos, que llamaron, “presión social”, todo el resto de cuestiones se desvanecen en la ficción de las palabras. Pues bien, ¿hay presión fuera o sólo es algo que vivimos dentro? ¿Qué es lo decisivo, lo más real, la presión de fuera o la presión de
dentro, para que haya presión? Es obvio, dijeron, que la presión es sólo presión si la vivo yo de una manera presionante. Pero gustó mucho la explicación interactiva: se interrelacionan constantemente. De todos modos, lo crucial, en último término, es tu respuesta interior y la posibilidad de esta respuesta interior tuya, las puertas cerradas y las prisiones emocionales que hayan ido creciendo
dentro de ti. Esto quedó claro. Así mismo, fue interesante constatar cómo lo mismo que la sociedad, o los grupos, pueden presionar, controlar y dirigir al individuo, lo mismo pueden ser transformados por los individuos, y más si se unen entre ellos. La unión hace la fuerza, sobre todo cuando nos enfrentamos a prácticas sociales injustas o ilegítimas.

Una tranquila encuesta entre los asistentes arrojó el siguiente resultado: por lo general, los más jóvenes en edad sentían más real, sufrían más la presión venida de fuera, el grupo de amigos, la familia, que me acepten, para sentirme integrado, lo que esperan de mí…; por su parte, los más mayores en edad, de los asistentes, con frecuencia, ubicaban la causa presionando desde el interior, los compromisos que he adquirido, mis responsabilidades, mis “debería”, las metas que me he propuesto… Así que, sin dificultad, el numeroso equipo de personas lúcidas y predispuestas a la reflexión, allí asistente, determinó cómo la presión, desde un lugar exterior, con la edad y la
experiencia, con la madurez personal, se va trasladando hacia un lugar más interior de nosotros… que cada vez depende más de nosotros mismos.

Por consiguiente, es nuestra responsabilidad ser más y más conscientes de nosotros mismos y de lo que nos afecta, reducir el área de lo inconsciente que se nos cuela por las rendijas de nuestras emociones e impulsos, y nos hace sufrir con lo exterior, que llega a imponerse porque lo dejamos imponerse en nosotros; y es nuestra responsabilidad la madurez con la que vamos creciendo, desarrollando nuestras propias cualidades y capacidades esenciales, que nos constituyen en lo que somos. Si nosotros mismos, por dentro, nos vamos sintiendo más fuertes, más seguros, con más luz, más inteligentes, es decir, con más desarrollo de nuestra capacidad de entendernos y de entender, con más amor irradiando desde nosotros mismos, así también, se irá generando más comprensión hacia fuera y de los otros; y, en la medida en que nosotros mismos no nos vamos sintiendo de la manera contraria: débiles, perdidos y carentes, en esa misma medida, no habrá presión exterior ni interior que nos impida vivir con una suficiente plenitud. No habrá presión social que valga. Dispondremos de más herramientas para gestionar mejor esa presión que en ocasiones sentimos que nos aprisiona o nos aplasta. La filosofía construida en grupo aquella tarde te lo certifica.

II CAFÉ FILOSÓFICO EN  LA BIENAL DE ARTE Y ESCUELA

II CAFÉ FILOSÓFICO EN LA BIENAL DE ARTE Y ESCUELA

II CAFÉ FILOSÓFICO EN  LA BIENAL DE ARTE Y ESCUELA

 

¿Quién soy yo? Es una pregunta fundamental que uno ha de sentirla alguna vez como propia, y si no fuera capaz siquiera de una aproximación o respuesta, al menos, habría de resultarle muy instructivo el ser consciente de lo que no es, de lo que uno cree ser, del personaje con el que va por la vida diciendo, actuando, relacionándose, viviendo. Este segundo encuentro filosófico, de nuevo dentro del marco de la III Bienal de Arte y Escuela de la Axarquía, no quiso adquirir el formato habitual de un Café filosófico, sino más bien el de un taller donde se construye filosóficamente, cooperando, el sentido de una cuestión consustancial a nuestras vidas. Y así, en sucesivas oleadas, fuimos adentrándonos en el “corazón de la lechuga” que constituye el carácter hojáldrico de nuestra identidad personal. El centro que somos, el fondo originario del que emergen todas nuestras formas de ser y de actuar en la vida cotidiana, sin el que no sería posible todo lo demás que podemos llegar a ser. Suele estar oculto por sucesivas capas, de ahí que los antiguos griegos hablaran de a-letheia (no cubierto, no oculto, no tapado), para referirse a la verdad; y nosotros hagamos uso de la palabra des-cubrimiento para referirnos al momento único en que arribamos a ella. Nuestra verdadera identidad. Pues bien, si queremos adentrarnos en pos de nosotros mismos, este encuentro te hubiera ofrecido, si hubieras asistido, diversas y sucesivas maneras de efectuarlo, deshojando las distintas capas de que nos hemos ido cubriendo a lo largo de nuestra la existencia. Sigamos grosso modo este recorrido:

 

1) Aquello que está en ti debido a tus circunstancias, de nacimiento o por avatares de la vida en este mundo, sociales o familiares, o aquellas otras circunstancias convencionales que te vienen dadas, que tú no has elegido, y que podrían haber sido de otro modo… todo eso, no eres tú. Así que no te empeñes en que tú eres fulanito, por ejemplo, porque si tus padres te hubieran puesto otro nombre, o bien, hubieras nacido y vivido en otras circunstancias, ¿ya no serías tú?

 

2) No pretendas afirmar tampoco que vives en tal o cual sitio, o te dedicas a esto o a lo otro, porque, cuando todo ello cambie, o antes de ser así, ¿ya no serías tú?, ¿ése no eras tú? Muchas cosas de tu vida van modificándose, tú vas cambiando, pero, ¿qué eso que siempre eres? ¿De dónde te viene la sensación de yo soy? Eso no cambia… así que no digas que eres un educador jubilado, ni que eres una abuela…

 

3) Pero si llegas al punto en que te parece que ya has profundizando bastante, que ya has indagado suficiente y, por ejemplo, estás convencido –como algunos de los participantes– de que eres humilde, buena persona, una buscadora, un ser viviente, que eres humano…, reflexiona si más bien no te estás refiriendo a cómo eres, tus cualidades o características personales aquí y ahora, y no a lo que eres, tu identidad.

 

4) Ellos y ellas decidieron, tras una instructiva discusión –indagación moderada por un aprendiz socrático que pasaba por allí–, que lo que soy puede tener que ver con una incógnita siempre por descubrirse; una pura consciencia (no la conciencia particular de algo); un potencial que se realiza, a veces más, a veces menos; quién siente (el sujeto, no aquello que siente el sujeto); la vívida sensación de yo soy.

 

Es posible continuar indagando, despojarnos de las sucesivas capas de que nos hemos ido cargando con la edad y la experiencia, hacia vislumbrar el corazón de lo que somos, en su profundidad, en su originalidad, en su radicalidad, pero estos participantes, con esto, quedaron satisfechos por el momento. Fueron más conscientes de sí mismos y cerraron el encuentro con un dicho de María Zambrano, que aportó de memoria uno de los participantes, cubano de origen pero afincado en Suecia. Sin duda, eso era lo que menos nos importaba…, puesto que “el ser se es, no se declina”.

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