Sobre la sinceridad

Sobre la sinceridad

¿Siempre hemos de ser sinceros?

Antes de dialogar sobre la sinceridad, en el encuentro hubo lugar para plantear diversos deseos radicales. Pero, ¿qué puede ser eso? Estamos habituados a expresar deseos particulares, referidos a la vida propia, o bien, a la vida de las personas o situaciones que nos rodean. Al menos, de una manera sentida. De ahí la virtualidad de este ejercicio filosófico. Un deseo radical no es extremista o exagerado –eso puede venir después, para bien o para mal– sino que va a la raíz del asunto, a lo esencial o fundamental o básico, a lo más importante, el origen desde donde se genera todo el tropel de consecuencias deseables o no deseables, visto desde una perspectiva general o universal… lo más posible. No está de moda lo común ni lo universal y, quizás por ahí, nos vengan muchas de las pérdidas actuales, fugas de “lo mejor posible que podamos”. Mirad la política habitual, mirad la economía establecida… miremos nuestro propio desarrollo moral, como aconsejaba mirarlo Lawrence Kolhberg.

Pues bien, a continuación, una justificada muestra de radicales deseos: poner conciencia en lo que hacemos y decimos; no olvidar que siempre está disponible el diálogo, educarse para estar dispuesto a dialogar; libertad, sí, pero fraterna, no de la mal entendida libertad, no excluyente, solidaria; no olvidar que el bien común me incluye siempre a mí también; una paz mundial, basada en la justicia, como nos recordaba en la práctica Mahatma Gandhi; tampoco olvidar el cotidiano regalo de la vida en mí, que me hará capaz de apreciar la vida de los otros; y el amor, que no es el romántico amor, sino el sentimiento de unidad con todo, la comunicación, comunicarnos, radical deseo y básico para todo lo demás; y, cada vez más, engrosar la gente que no quiere irse a vivir Marte (Jorge Riechmann); valorar la vida natural de nuestro planeta, que no puede separarse de un uso responsable de la tecnología, en una era tan científica y tan tecnológica como la nuestra.

Volviendo al tema central del encuentro filosófico: sí, hay que ser sinceros, pero es más importante todavía considerar si en ello duermen límites que hay que mantener bien despiertos. Por  ejemplo, yo debo ser sincero tras respetar la voluntad del otro, de querer saber la verdad, y no delante, ponerse uno por delante, un afán ansioso por decir la verdad a toda costa, cuando es posible que ni siquiera los interesados nos lo hayan preguntado. No olvidar que la verdad no es mi verdad, sino que la verdad es poliédrica, que sólo accedemos a una perspectiva de la realidad, como nos enseñó Ortega y Gasset, integrando mi verdad con tu verdad. Y Antonio Machado:

¿Tu verdad? No, la Verdad;y ven conmigo a buscarla.La tuya, guárdatela.

Considera también si una sinceridad que produzca daño –quizás, incluso, me lo produce a mí– no sería, de nuevo, un exceso de sinceridad, que puede llegar a ser innecesaria o contraproducente. En esta línea, consideró el diálogo si es posible que el hecho de ser sincero, te haga más vulnerable ante los demás, sobre todo para aquellas mentes más interesadas y oportunistas. O si mostrarse vulnerable es, en verdad, un inconveniente o bien incluye sabrosos frutos a medio o largo plazo. Desde luego, el nudo gordiano no está en que los demás te etiqueten, sino en que tú mismo te pongas, o asumas, las etiquetas. Y esto es una cuestión del desarrollo personal de cada uno. Aunque, es cierto que también para esto dialogamos en un encuentro filosófico como éste: para ser más nosotros mismos y conocernos mejor, con la ayuda del espejo que son los demás.

Por supuesto, un límite ineludible, que lo cambia todo y predispone por completo al oyente –favorable o desfavorablemente– se refiere a la forma de presentar lo que decimos o nos disponemos a realizar. Y, por ahí, el grupo de discusión comenzó a pergeñar la idea de una sabia sinceridad. Es posible que alguno de ustedes, que leen esto, puedan llegar pensar que la escucha de estos límites de la sinceridad, en lugar de convertirla en una sinceridad bien entendida, la transmuta en hipocresía o falsedad, incluso, pudiera llegar a mezclarse de egoísmo insensible. Por esto, es tan importante la consideración a una sinceridad prudente o sabia, virtuosa, como se dijo durante el encuentro. ¿Cuándo y cómo decir lo que uno piensa? Esto requiere de ciertas virtudes, que han de ser desarrolladas, para poder ejercer una sinceridad madura, buena para uno mismo y para los demás: la comprensión abierta de la situación, una capacidad suficiente para sentir con el otro (compasión), el amor o sentimiento de unión con los demás, que son como yo y sienten como yo… tratan en lo posible de ser sinceros, cada uno con sus dificultades y aciertos. Que yo puedo ser sincero, al margen de si lo son los demás, y esto depende de mí, siempre.

En definitiva, la pregunta que uno mismo debe hacerse, para hacer un buen uso de nuestra capacidad sincera en el decir y en el obrar (autenticidad, que los antiguos griegos llamaban parresía), es la siguiente: ¿Qué busco yo al tratar de ser sincero? ¿Qué me mueve…? Es decir, la necesidad imperiosa de examinarme yo, si soy capaz de ser sincero conmigo mismo, primero y antes de nada. Pues, de lo contrario: ¿realmente puedo llegar a ser sincero con los demás, si antes yo no lo soy conmigo mismo? Necesitamos una mínima transparencia de nosotros mismos, ser nosotros mismos… Y si soy yo quien dice o hace, la sinceridad la manifiesta mi sola presencia. Y si soy yo, puedo entonces, perfectamente, decidir si algo lo digo o no lo digo, lo hago o no lo hago. Así no soy, en absoluto, falso o hipócrita. Soy yo. Y si lo soy conscientemente, tendré en cuenta mis circunstancias, las de la verdad que creo transmitir. Ortega y Gasset, ipse dixit:

Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo.


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Sobre el perdón

Sobre el perdón

Café Filosófico en Vélez-Málaga 11.3

27 de diciembre de 2019, cafetería Bentomiz, 17:00 horas

¿Qué es perdonar? ¿Todo es perdonable?

¡Extra, extra de Navidad! Nuevo Café filosófico inaudito, a petición de algunos antiguos alumnos, entusiastas participantes.

Como los que forman parte de estos encuentros filosóficos no están para hacer uso de la filosofía, sino a su servicio, quedaron emplazados en uno de los últimos días del año 2019, y así dar salida a   su demanda e inquietud filosófica.

Ya que se trataba de un Café filosófico especial, cabían dos preguntas. A los nuevos asistentes: ¿qué buscas? Y a los reincidentes: ¿qué encuentras? A través de sus respuestas se presentaba una buena oportunidad para recordar o intuir, según los casos, de qué iba una reunión como esa. Y de una manera natural fueron saliendo a la palestra algunas de sus claves.

Entre todos, en poco más de media hora, los ingredientes básicos de una posible definición de lo que es el perdón (perdonar o sentirse perdonado) iban emergido, componiendo la esencia de este acto humano, tan humano. Algunos de tales ingredientes se contrastaron con los casos más típicos pero otros emergieron en el transcurso del diálogo filosófico. Y se ha de decir, cuando se puso a prueba esta receta de ingredientes fundamentales – hacia el final del encuentro –, que la mismísima Wikipedia apenas tenía nada valioso que añadir. Ahora mismo os ofrece este relator todo el plato completo, para vuestra degustación: primero de todo, perdonar es sanar, aliviar, reparar un daño u ofensa (que no es lo mismo, aunque no fue el momento de reflexionar sobre ello); implica, también, una renuncia al rencor, a la venganza, al odio; asumir el error, o el cúmulo de errores, lo que quiere decir que la ignorancia está siempre presente en el objeto (mejor, en el sujeto) del perdón; el perdón, asimismo, supone la aceptación de éste (por una o por todas la partes, esto fue debatido por un rato); pero, como decíamos, en el recorrido que siguió la discusión, aparecieron otros importantes ingredientes: primero la generosidad, el estar abiertos al perdón, que no es otra cosa que restituir el amor; y segundo, la comprensión del otro. Esto último dio lugar a una bonita discusión posterior.

Pero solamente os contaré – el resto habréis de imaginarlo por las insinuaciones anteriores – el énfasis que el grupo de trece personas allí asistentes puso en la necesidad de perdonarse a uno mismo, tanto si se trata de una cuestión meramente individual, como si implica a otros, que es lo más habitual en este tema del perdón. Porque mirad: si yo no tengo una buena relación conmigo mismo, difícilmente podré perdonarme en sucesivas ocasiones, ni tampoco me resultará sencillo – a veces es imposible – perdonar a los demás. Y es que hay perdón en función, no tanto de qué sea lo perdonado, más grave o más liviano, sino más bien en función del quién sea quien perdona, que podemos resumir: resultado de la trayectoria vital de cada uno de nosotros. Por lo tanto, en esto habría que poner sumo cuidado, en el desarrollo personal de cada uno de nosotros. Esto te trasmiten los participantes y esto se explaya un poco más a continuación.

¿Todo puede ser perdonado? ¿El perdón posee límites? Como ya en parte se ha anunciado, el componente individual o personal es clave para responder a esta pregunta. Lo que para uno es perdonable, para otro no lo es en absoluto. De todos modos, la generosidad y la comprensión son esenciales de cara a un eventual aprendizaje del perdón, si es que partimos de que es preferible vivir en el perdón, que no vivir sin ello. No digamos ya, convivir. Lo que nos abre hacia una nueva pregunta: ¿todo es compresible? Sí, todo puede llegar a ser comprendido… ¿Esto significa que todo contiene la posibilidad de ser perdonado? Pues sí y no. Aquí el grupo llegó a una crucial distinción: el acto y la persona detrás del acto. Si nos referimos a lo primero: no todo es perdonable, o al menos hay acciones que necesitan de una reparación o justicia suficiente; si nos situamos en lo segundo: toda persona  puede llegar a ser comprendida y perdonada. Es decir, que perdonar a la persona no implica que haya que perdonar sin más el acto. Y que no disculpar el acto, signifique que no podamos entender a la persona que ha realizado el acto. Suculentos ejemplos fueron expuestos allí, aquella tarde, pero los hemos dejado para el disfrute privado de los que allí estuvieron. Vosotros podéis tener en cuenta vuestras propias situaciones vitales. ¡Buen día y buen año!

Sobre el conocimiento y el dolor

Sobre el conocimiento y el dolor

Café Filosófico en Vélez-Málaga 11.2

13 de diciembre de 2019, cafetería Bentomiz, 17:30 horas

¿El conocimiento lleva al dolor? Este fue el tópico, en el sentido lato, de aquella tarde. Puesto en cuestión convenientemente por parte de los asistentes. A la vez, pudieron ellos comprobar –como tú, si hubieras estado allí– por donde discurre un verdadero diálogo: la transformación interior de los participantes, que se nota en el cambio de expresión y de opinión. Veréis: inicialmente, se procedió a una votación para ver quiénes estaban a favor, en contra o tenían dudas acerca de dicha cuestión; y lo mismo se hizo hacia el final de la discusión. Y no importa tanto que variaran las proporciones de adeptos o detractores, sino que más de la mitad de los participantes habían cambiado su apreciación primera del asunto.

Pero antes de todo esto, el conductor del encuentro planteó la consabida cuestión de reflexión previa: ¿cuándo me he sentido yo escuchado o no escuchado? Con su otra cara: ¿Cuándo yo he escuchado o no he escuchado? Y los allí presentes fueron desgranado sus experiencias, a la par que  las sensaciones de confortabilidad dentro de la reunión aumentaban. Para esto es… Y precisamente, nuestro espacio filosófico es un lugar donde esto es posible… Escucharse. Quizás por eso, en el fondo, es deseado… Porque hace falta algo así en este mundo rápido, por el que pasamos muchas veces de perfil o de puntillas. Estando sin estar.

Pues bien, entabló contienda la experiencia dolorosa –que tan fijada queda siempre– de lo que muchas veces sucede (que el conocimiento produce dolor) con la convicción de que no siempre sucede, y que no tendría por qué suceder. De hecho todos tenemos experiencias de ambas clases. ¿Por qué pesa una más que otra a la hora de la valoración general? ¿Dependerá de nuestra actitud, de nuestro estilo activo o reactivo frente a estas experiencias? A veces preferimos no saber, “lo que sea será”, no ver, pues si no vemos parece que no existe… O bien, también contamos con la repetida experiencia de todo eso que hemos evitado sabiendo, o nos habríamos evitado de haber sabido más o mejor. Unos y otros, a favor y en contra fueron introduciendo sus consideraciones, aunque la negativa (que el conocimiento no lleva al dolor) fue ganando terreno, o al menos eran los participantes más argumentativos. Que si es una idea ingenua su afirmación, que si el dolor forma parte del hecho de ser persona y su proceso de maduración, que si es realmente la ignorancia la que produce verdadero sufrimiento, que al menos te puede hacer tomar conciencia del dolor, vivirlo a fondo y poder crecer…

Un escenario de contrastación de este tópico se nos presentó a todos los asistentes: ¿los niños pequeños, antes de su educación (o domesticación social, más razonable o menos), son felices porque no saben? ¿Son felices porque son idiotas? (En su sentido etimológico: vivir cada uno en su propio mundo, encerrado en él) Y desde aquí surgió una más que apropiada diferenciación: entre saber y sabiduría. Los niños puede que no sepan muchas cosas, hacerlas, cambiarlas, que no tengan experiencia de la vida ni sus capacidades demasiado desarrolladas para acumular y entender más, pero es posible que sean sabios en el vivir: estar aquí y ahora presentes, no sufrir tanto, ni tanto tiempo, a consecuencia de sus mentes mucho más descargadas que las nuestras, de ideas o frustraciones. Así que es posible imitar, e ir más allá de los niños pequeños, hacia una docta ignorancia (Nicolás de Cusa, siglo XV), que sea capaz de situarse en lo esencial o imprescindible para vivir bien, conscientemente, un aprendizaje permanente del vivir.

Así pues, ya puedes entrever la conclusión que te aportan los participantes del café filosófico del mes de diciembre, para que sigas pensando, siendo y actuando por ti mismo. Una respuesta adecuada al tópico propuesto (y con resignación admitido a veces) te debería llevar a distinguir qué tipo de ignorancia, qué tipo de conocimiento, por un lado. Así una ignorancia tozuda o perezosa es claro que no te lleva por buen camino, pero sí una ignorancia del exceso de lo superfluo, de la cantidad y no de la calidad, una ignorancia de lo que no merece la pena, plagado de tropiezos constantes y sufrimientos insustanciales; tampoco un conocimiento enciclopédico, excesivo por especializado, o confuso, sin criterio, un todo revuelto, o un todo acumulado y apilado, te ayuda mucho, todo lo contrario, pesa, agobia, paraliza… Sería distinto un conocimiento articulado, ordenado desde la experiencia propia y el autoconocimiento, un conocimiento con referencias, que incluya o se oriente a valores… Por otro lado, lo mismo sucede con el dolor: hay dolor y hay sufrimiento. El dolor forma parte de la vida y ha de ser vivido también, conscientemente y a fondo (así se vuelve menos doloroso y es por sí mismo, siempre, autodidacta), pero el sufrimiento está repleto de ideas, conocimientos que prefiguran la realidad e impiden verla tal como es, creencias habituales que condicionan la vida y la vuelven un calvario o un vale de lágrimas. De eso es mejor no saber, mejor no tener mucho. Pero esto sólo se logra con una actitud plenamente despierta y consciente. Sabia, o en el camino de la sabiduría. Una vida bien orientada. Al menos… eso.

Sobre mi futuro

Sobre mi futuro

Café Filosófico en Vélez-Málaga 11.1

15 de noviembre de 2019, cafetería Bentomiz, 17:30 horas

            ¿Qué quiero llegar a ser? Que en su fondo pregunta: ¿quién quiero ser? Pero, ¿y si para descubrir mi ser necesito llegar a ser? Dejar desplegarse lo que ya soy… En torno a estas cuestiones básicas –tan básicas– giró la discusión de aquella tarde, el primer café filosófico de la temporada –el destinado a ser el anterior hubo de suspenderse–, y Aristóteles y su distinción entre ser en potencia y ser en acto estuvo muy presente… sin saberlo ellos, con ellos. Un primer encuentro muy concurrido, como es habitual, entreverado de veteranos y neófitos (incluso, dos de las asistentes venían de la lejana, desde aquí, Sevilla… ¡encomiable!). Si bien, aquellas mencionadas vueltas alrededor de la voluntad de ser (Nietzsche) es muy posible que viniera predispuesta, desde la pregunta inicial que el moderador dejó a la consideración –y como presentación–  de los asistentes al resto del grupo: ¿En qué momento o situación me he sentido yo más yo mismo? Todo forma parte de todo… y quizás esto despertó algún aletargado interés.

            Este relator, al objeto de ayudaros a vosotros, lectores, a fijar en vuestra imaginación el desarrollo de este diálogo filosófico, esta investigación conjunta, os alerta de los tres momentos en que se configuró el encuentro: quién quiero ser, en el contexto de la vida con los otros; el proceso o la evolución necesaria para llegar a ser uno mismo; y el papel de las circunstancias en este autodesarrollo o despliegue de uno mismo.

            a) Quiero ser mejor, pero este efecto surge de la comparación de unos con otros, de nosotros o de los demás con un modelo que acaso debiera ser lo mejor. En numerosas ocasiones, dicha comparación o contraste depende del temor a no sentirnos incluidos, integrados socialmente… Puedo sentirme mejor haciendo y pensando lo que otros hacen o piensan. Y aquí les surgió a los participantes la sempiterna paradoja de la relación social: quiero ser yo, pero quiero ser aceptado; y al querer ser aceptado, dejo en la misma medida de ser yo. Pero una sugerente metáfora vino en auxilio de los presentes: no se trata de “contenerme” a mí y a la sociedad en un vaso, sino de sostenerme en un equilibrio que me permita ser yo mismo, caminando la cuerda de la vida social. La realidad de la actividad creadora también delataba con mucha claridad esta misma conclusión: sobre el fondo social, histórico y cultural, conformo mi aportación única, original, nueva, mía.

            b) El proceso mediante el que yo voy (o puedo ir) siendo yo mismo se puede resumir como un paso de lo inconsciente a lo consciente. Es claro que evolucionamos física, mentalmente, pero el desarrollo de uno mismo tiene más que ver con el desarrollo de un potencial, aclaran los participantes después de una breve discusión. Y aquí el sentido aristotélico, aunque se inspire en lo físico posee un alcance metafísico, referido a nuestra propia identidad, como él mismo nos hace ver en sus textos. Somos, diríamos, la actualización de un potencial, una virtualidad que va haciéndose realidad, autorrealizándose. Y al realizarse nos realizamos nosotros mismos como seres ex-sitentes… no hay más, ni menos.

            c) Pero si este potencial es universalizable (puesto que contiene capacidades compartidas con otros seres humanos y, a veces, no humanos, que nos hacen ser), qué es lo que hace que se individualicen, se concreten y sean únicas en cada caso, diferentes, variadas. Según les pareció a los participantes es aquí donde las condiciones materiales de la vida (que incluyen lo social, lo cultural, lo familiar, los temperamentos o tendencias, el estilo personal) juegan su papel crucial: fuerzan una expresión determinada del potencial. Las respuestas que nuestro ser profundo va concediendo a las variadas circunstancias de vida, configurando un ser, un modo de ser… Un modo de ser no es lo que yo soy, profundamente, pero sí es lo que llego a ser. La expresión particular aquí y ahora, la experiencia fraguada con el correr del tiempo y el movimiento de los lugares.

            Somos una semilla puesta en el mundo… Lo que esto quiera decir en el fondo sólo lo saben los que allí estuvieron, junto a ti, lector, si es que este relato ha sido capaz de ponerlo en acción o sugerirlo.

Sobre el conocimiento y el dolor

Sobre la realidad que somos

Fecha: 21 de junio

Nada nos impide planear la vida, ahora bien, en el fondo, ¿quién propone realmente el plan, nosotros o la vida misma? Es muy posible que nuestra vida sea un tejido… Les cuento: teníamos previsto celebrar el último café filosófico de la temporada[i] en el patio de la meditación del antiguo convento de las carmelitas de Vélez-Málaga, en la terraza de la cafetería Área Quattro, como otros junios anteriores, cuando el calor va apretando, pero llegamos allí los participantes y nos encontramos música a muchos vatios de potencia… Imposible desarrollar un diálogo filosófico, como los dioses mandan. Al dueño de la cafetería lo encontramos tan sorprendido como nosotros: tenía preparada nuestra mesa bajo las columnas antiguas de este patio moderno, pero… tuvimos que improvisar. Acomodarnos en el interior, a pesar de algunos inconvenientes añadidos, y hacernos allí un lugar de discusión. Y lo hicimos. Y nos gustó. ¿Quién propone realmente el plan de la vida? Nosotros sólo pudimos responder a la situación, pero respondimos y generamos una situación inexistente, imprevisible, nueva. La vida se enrama con la vida. De manera que…

Despliega ya los vuelos de tu vida

contemplando el verdor de la pradera,

las velas que se mueven con el viento

que agita su ola rota de arrecife.

Convence el mar tranquilo de tus iras,

que no hay peligros nuevos que te acechen

solo miedos nadando en las entrañas

para verte si sigues tan calmado.

Las aves transfiguran todo el templo

formando sus amores con las nubes

para que tú les digas bien mirando

que los jazmines llenos de fragancias

y de alhelíes blancos tras las sombras

la vida nos enraman con la vida[ii].

            Antes de plantearnos una pregunta crucial sobre la temática del día, el facilitador de estos encuentros de Filosofía Practicada, les pidió a los participantes, tenaces, ante las adversidades pasadas y venideras, que adelgazaran en una sola expresión o palabra su experiencia reiterada de estos cafés filosóficos. Esto a los veteranos de la reunión; a los visitantes nuevos les pidió que se refirieran a la expectativa previa que traían consigo. Y ya con ellos, vosotros, queridos lectores de estos relatos ulteriores, también podéis haceros alguna idea, que al menos logre rozar un poco la realidad de estos encuentros –nada sustituye la asistencia y la participación personal–. Aquí van algunas de sus respuestas: cada uno es diferente; el enriquecimiento mutuo; la lucidez del grupo; la utilidad para la vida; las palpitaciones que siento; la escucha; un método para llevarme a casa; una salida de lo común; aclararme en mi vida, expresarme, etc. Aclarar, cuestionar, definir o extraer consecuencias de cada una de estas impresiones, ya sería por sí mismo materia para todo un café filosófico. Pero nos limitamos en este espacio escrito a relatar lo que allí, aquella tarde ruidosa y calorienta, sucedió. Una parte del mundo.

            ¿Quién soy yo en el fondo de mí mismo? La pregunta. La identidad personal, la temática. Pudo ser el valor de las matemáticas, pudo ser el sistema educativo, si funciona, pero no fueron. Hoy. Ese día. Fue la preocupación acerca de cómo saber si nosotros somos nosotros mismos, y también, agazapada la pregunta acerca de si lo estamos siendo. Pues bien: después de tantear el problema, el moderador propuso que la investigación sobre nosotros mismos, quiénes somos en el fondo, la lleváramos a cabo a través de experiencias particulares, personales –en esencia, lo que Lou Marinoff propone como diálogo socrático en su conocido libro[iii]–. Pero, no estará de más repasar antes dicho tanteo previo del problema. Porque, si lo pensáis, tenemos la experiencia dual, en nuestras vidas, de no ser nosotros mismos en su transcurso y, a la par, de serlo a pesar de todo. ¡Cuántas diferencias, cuanta evolución, cuánto aprendizaje, a lo largo de mi vida, sea más larga o más reciente! (No olvidéis que en este tipo de encuentros conviven personas de distintas edades y experiencias). Pero, ¿quién ha sufrido todo eso? La sensación de mí, ¿no se mantiene la misma? Para  vislumbrar esto con claridad es necesario profundizar… en nosotros mismos. Porque mirad –y esto lo vieron muy claro los participantes– si bien la superficie del mar suele estar agitada y cambiar en cada momento, el interior del océano, cuanto más profundo más, ¿no suele estar en calma? Fue interesante presenciar –y este es un tipo de alumbramiento que puede suceder en un café filosófico, un momento filosófico por excelencia– cómo una participante que al principio negaba una realidad estable en nosotros, después de la discusión, pasados unos minutos, cuando la conversación seguía ya otro cauce, defendía a capa y espada lo que antes negaba. Ella misma. La permanencia de ella misma.

            Vamos ya con esas experiencias básicas que habrían de aportar al grupo algo de la ansiada luz que se había propuesto alcanzar por sí mismo. ¿Cuándo me he sentido yo a mí mismo, más real, más de verdad? Y se describieron tres experiencias profundas, intensas, auténticas, donde aflorara el mí mismo.

            a) Durante un voluntariado en Perú, ayudando a niños pequeños, sintió cómo “todo rodaba”, que “se dejaba llevar”, que “no luchaba” contra los inconvenientes, fluía, y a la vez era “fiel a sí misma”. Una situación en la que el exterior penetraba en el interior sin resistencia y la respuesta aparecía sola.

            – ¿Qué capacidades sentías más diáfanas en ese estado?

            – Mi voluntad era clara.

            – ¿Qué más?

            – Era capaz de aventurar nuevas respuestas, más creativas.

            Pero, esta experiencia tuvo un momento crítico, como siguió narrando su protagonista: las fotos que habrían de conservar esos momentos dichosos se perdieron en el viaje de vuelta.

            – ¿Qué te dolía más de esa pérdida?

            – El que fueran testimonio de una experiencia tan maravillosa y se perdiera…

            – ¿Qué sentimiento representaban para ti dichas fotografías?

            – La felicidad que allí sentí…

            – ¿Y no sigue estando presente en ti? Eso que allí desarrollaste…

            – Sí, muy presente.

            b) Hubo un tiempo en que esta participante vivió una depresión importante… y descubrió el pintar. Pintaba horas y horas, se “olvidaba de todo”, “el tiempo no existía”, en esa actividad se sumergía y “era ella”, “no necesitaba nada más”.

            – ¿Y sólo era el tiempo que pasabas pintando?

            – No eran las horas que pintaba, sino la intensidad con que lo hacía. La sensación de estar sumergida totalmente. Una sensación de unidad total con lo que hacía.

            – Pero dices que te olvidabas también de las horas que pasaban, ¿eras consciente de lo que hacías mientras lo hacías..?

            – Totalmente consciente

            – ¿Y eras consciente de lo que hacías o de ti misma que lo hacías…?

            – Ambas cosas.

            c) Durante el transcurso de su carrera universitaria pasó por una fase autodestructiva, en la que incluso llegó a tomar muchos medicamentos, pero cuando meditaba “se distanciaba de sí mismo” y sus problemas actuales, “no sentía miedo a la muerte”, incluso le venían “flashes de la infancia” muy temprana. Es decir que, en medio de la fragilidad de su vida, emergían experiencias poderosas.

            – ¿Cómo te sentías en ese estado meditativo?

            – Una gran libertad, una gran creatividad

            – ¿Y qué más?

            – Aumentaba mi capacidad de observación, de penetrar en las cosas…

            – Tú observabas…

            – Era capaz de sentirme.

            – También, ¿sentías al que observa, el observador…?

            – Así es.

            Preguntábamos –y vosotros con nosotros– quienes somos en lo profundo de nosotros mismos, de qué estamos hechos en la hondura en calma del océano, y estas experiencias nos lo estaban revelando. El grupo hizo acopio de lo hallado, como tú puedes hacer lo mismo. Quizás consistamos de verdad en algo de todo eso, o al menos, algo hermanado con todo eso: la transparencia interior, la clara voluntad que emerge del interior y crea nuevos mundos, o tal vez son creados a través de ella misma, una felicidad sentida en sí y por sí, sin objeto, inenarrable, un estado de presencia interior que no depende de nada exterior para ser, con una intensidad sin límite, una fuerza que te liga al universo entero, una consciencia lúcida de los objetos y, a la vez, autoconsciencia de uno mismo como sujeto que ve, siente o hace, un estado de libertad y creatividad totales, yo mismo sin condicionamientos ni limitaciones, en que todo sale fácil y con naturalidad de mí a través de mí, una capacidad de penetrar en la verdad de las cosas y situaciones bajo su superficie, en que puedo sentirme mientras siento y me siento…

            Cualidades esenciales de mi yo profundo, único y permanente, más allá / más acá de mis fluctuaciones mentales, emocionales o físicas. Pero entonces, ¿te vale esta respuesta provisoria? Por lo menos, procura estarte atento a esos momentos en que tú eres tú mismo… ¿De qué están hechas esas tus experiencias, tan tuyas? Mientras las estás viviendo… Antes de que se transmuten en recuerdos o deseos, imágenes de tu mente, y quieras contarlas, dejando de ser lo que son; por ese mismo  gesto mental: re-presentación y no ya presencia, cosa y ya no ser.

Sólo a partir de que había dudado acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy evidente y ciertamente que yo era, mientras que, con sólo que hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón alguna para creer que yo era[iv].

El estado de yoga es la detención de la actividad automática de la mente.

Entonces, el que observa permanece en su propio centro.

En las demás ocasiones, se identifica con la agitación mental[v].


[i]Café filosófico celebrado en Vélez-Málaga (10.9), el día 21 de junio de 2019, en la cafetería Área Quattro, a las 17:30 horas.

[ii]Vivir, poema inédito del autor.

[iii]Lou Marinoff, Más Platón y menos Prozac.

[iv]Descartes, Discurso del método.

[v]Patanjali, Yoga-sutra.

Sobre el conocimiento y el dolor

Sobre mi autonomía al vivir

Café Filosófico en Vélez-Málaga 10.8

17 de mayo de 2019, cafetería Bentomiz, 17:30 horas

            Sin duda, a lo largo de cada día gozamos de momentos unos más lúcidos que otros… Cada uno de nosotros aprecia, a lo largo de su diario vivir, ese momento en que todo es más suave y permeable, las decisiones son más fáciles, cuando el problema del día anterior deja de ser problema… Tan sólo se requiere estar atento y no dejarlo pasar, sus claridades y sus aportaciones… Hay a quien le viene al despertarse, o al acostarse, después de una comida, de madrugada, de un modo más o menos súbito… Pero siempre, a decir de los participantes, se da una desconexión, un aislamiento, un paréntesis respecto a la actividad cotidiana, cuando es posible una descarga del exterior y una penetración más en lo hondo de uno mismo. Esta lucidez que necesitamos y que nos hace más plenamente seres humanos está ahí siempre, pero no siempre con nosotros… Así que es preciso estar atentos a nosotros mismos, muy conscientemente… Y este principio del Café filosófico del mes de mayo entrelazó sus manos con el final. Ya veréis, ahora.

            ¿Hasta qué punto mi vida es mía? Porque la experiencia suele ser la contraria, que yo ya no sé si soy yo, de tanto que me rodea y me atenaza. La sociedad, la cultura, la biología, el tiempo… ¿Hasta qué punto es mío lo que digo, lo que hago, lo que pienso, lo que siento? ¿Yo soy yo? Y el grupo se adentró en una de las paradojas que peor se lleva cuando vivimos en este mundo humano nuestro. ¿Pero tan mío? La salida a esta extrañeza –nuestra mirada de soslayo, pues me creo y no me creo que mi vida sea mía– puede venir de la mano, como en otras ocasiones ha venido, de la distinción estoica de Epicteto: aclararnos acerca de lo que depende y lo que no depende de nosotros. Pero ahí sigue habiendo una dificultad en la práctica, una corriente de inseguridad arrastrándose por el fondo del río que nos lleva. Un obstáculo que los participantes comprendían muy claramente: ¿cómo sé yo que algo depende de mí, que algo que no depende de mí, efectivamente no depende de mí? Fenomenológicamente, esto es un problema inmenso. Puede que no sea una dificultad en el ámbito de la necesidad lógica o metafísica, pero, ¿y en el ámbito de la contingencia, en que se desarrolla la vida humana, que puede ser y puede no ser?

            Se sucedían los vaivenes… Somos y no somos… Podemos y no podemos… Hasta el momento en que un participante nos regaló un momento de lucidez, a raíz de su experiencia vital. ¿Cuándo pudo, él mismo, salir de su precaria situación personal? Cuando fue consciente… Y este “ser consciente” fue rápidamente puesto a prueba por los asistentes… Ejemplos y muy pocos contraejemplos… Porque, incluso, si yo elijo ser inconsciente, esto lo hago conscientemente… ¿Es posible salir de este bucle de la consciencia, de la autoconciencia? Es muy posible que no, pues radica en lo propio del ser humano, nuestra cualidad más humana. De ahí le viene su tremenda potencia al Cógito cartesiano: mientras soy consciente, no puedo dejar de ser…, algo que es,  consciente de sí. De modo que si te empantana la duda, en este caso, sobre si tu vida es tuya o no lo es, “pásalo por ti”. Hagas lo que vayas a hacer o lo que tengas que hacer, decir, pensar…, pásalo por ti. ¿Has tomado conciencia, has puesto consciencia en ello? Puede que no venga de ti, el origen de lo que haces, dices, piensas…, pero si conscientemente tú lo haces tuyo, vendrá de ti, como acción,  dicción o pensamiento propio. Si de suyo es asumido como tuyo, ya no hay paradoja, ni dificultad, ni angustia… Yo conscientemente decido si sigo o me paro, si acuerdo o desacuerdo…

            Sí, claro, pero, y en esto, ¿no puedo engañarme también, pensando que soy consciente y no lo soy? Muchas veces me ha pasado que así me lo parecía y así me desperté…, un sueño autocomplaciente… un pobre ingenuo… Y aquí hay que pararse a reflexionar muy tranquilamente, y muy lúcida la mente: una cosa es segura, ahora soy más consciente que antes. Puedo verlo en negativo, y concluir que nunca puedo estar seguro del todo. Puedo verlo en positivo: cada vez soy más capaz de vivir conscientemente. ¿Y si hubiera que hablar de una evolución de la conciencia? Grados sucesivos de consciencia. Niveles de conciencia cada vez más lúcidos, más maduros. Es decir, que puedo desarrollar mi capacidad de ser consciente. ¿Y cómo se desarrollaría? Siendo más y más consciente. Practicándolo. Tratando de ser lo más consciente de que sea capaz en cada acto de ver, sentir, pensar… Siendo consciente se es uno mismo cada vez más consciente. Y luego, vuelve la vista atrás… ¿Eres más consciente? Sin duda, pues te das cuenta. Pues bien, si yo soy más consciente, en la misma medida, soy más libre y estoy más disponible para el mundo y para mí mismo, para no perderme nada, para desplegar todas mis posibilidades.

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