Fecha: 21 de junio

Nada nos impide planear la vida, ahora bien, en el fondo, ¿quién propone realmente el plan, nosotros o la vida misma? Es muy posible que nuestra vida sea un tejido… Les cuento: teníamos previsto celebrar el último café filosófico de la temporada[i] en el patio de la meditación del antiguo convento de las carmelitas de Vélez-Málaga, en la terraza de la cafetería Área Quattro, como otros junios anteriores, cuando el calor va apretando, pero llegamos allí los participantes y nos encontramos música a muchos vatios de potencia… Imposible desarrollar un diálogo filosófico, como los dioses mandan. Al dueño de la cafetería lo encontramos tan sorprendido como nosotros: tenía preparada nuestra mesa bajo las columnas antiguas de este patio moderno, pero… tuvimos que improvisar. Acomodarnos en el interior, a pesar de algunos inconvenientes añadidos, y hacernos allí un lugar de discusión. Y lo hicimos. Y nos gustó. ¿Quién propone realmente el plan de la vida? Nosotros sólo pudimos responder a la situación, pero respondimos y generamos una situación inexistente, imprevisible, nueva. La vida se enrama con la vida. De manera que…

Despliega ya los vuelos de tu vida

contemplando el verdor de la pradera,

las velas que se mueven con el viento

que agita su ola rota de arrecife.

Convence el mar tranquilo de tus iras,

que no hay peligros nuevos que te acechen

solo miedos nadando en las entrañas

para verte si sigues tan calmado.

Las aves transfiguran todo el templo

formando sus amores con las nubes

para que tú les digas bien mirando

que los jazmines llenos de fragancias

y de alhelíes blancos tras las sombras

la vida nos enraman con la vida[ii].

            Antes de plantearnos una pregunta crucial sobre la temática del día, el facilitador de estos encuentros de Filosofía Practicada, les pidió a los participantes, tenaces, ante las adversidades pasadas y venideras, que adelgazaran en una sola expresión o palabra su experiencia reiterada de estos cafés filosóficos. Esto a los veteranos de la reunión; a los visitantes nuevos les pidió que se refirieran a la expectativa previa que traían consigo. Y ya con ellos, vosotros, queridos lectores de estos relatos ulteriores, también podéis haceros alguna idea, que al menos logre rozar un poco la realidad de estos encuentros –nada sustituye la asistencia y la participación personal–. Aquí van algunas de sus respuestas: cada uno es diferente; el enriquecimiento mutuo; la lucidez del grupo; la utilidad para la vida; las palpitaciones que siento; la escucha; un método para llevarme a casa; una salida de lo común; aclararme en mi vida, expresarme, etc. Aclarar, cuestionar, definir o extraer consecuencias de cada una de estas impresiones, ya sería por sí mismo materia para todo un café filosófico. Pero nos limitamos en este espacio escrito a relatar lo que allí, aquella tarde ruidosa y calorienta, sucedió. Una parte del mundo.

            ¿Quién soy yo en el fondo de mí mismo? La pregunta. La identidad personal, la temática. Pudo ser el valor de las matemáticas, pudo ser el sistema educativo, si funciona, pero no fueron. Hoy. Ese día. Fue la preocupación acerca de cómo saber si nosotros somos nosotros mismos, y también, agazapada la pregunta acerca de si lo estamos siendo. Pues bien: después de tantear el problema, el moderador propuso que la investigación sobre nosotros mismos, quiénes somos en el fondo, la lleváramos a cabo a través de experiencias particulares, personales –en esencia, lo que Lou Marinoff propone como diálogo socrático en su conocido libro[iii]–. Pero, no estará de más repasar antes dicho tanteo previo del problema. Porque, si lo pensáis, tenemos la experiencia dual, en nuestras vidas, de no ser nosotros mismos en su transcurso y, a la par, de serlo a pesar de todo. ¡Cuántas diferencias, cuanta evolución, cuánto aprendizaje, a lo largo de mi vida, sea más larga o más reciente! (No olvidéis que en este tipo de encuentros conviven personas de distintas edades y experiencias). Pero, ¿quién ha sufrido todo eso? La sensación de mí, ¿no se mantiene la misma? Para  vislumbrar esto con claridad es necesario profundizar… en nosotros mismos. Porque mirad –y esto lo vieron muy claro los participantes– si bien la superficie del mar suele estar agitada y cambiar en cada momento, el interior del océano, cuanto más profundo más, ¿no suele estar en calma? Fue interesante presenciar –y este es un tipo de alumbramiento que puede suceder en un café filosófico, un momento filosófico por excelencia– cómo una participante que al principio negaba una realidad estable en nosotros, después de la discusión, pasados unos minutos, cuando la conversación seguía ya otro cauce, defendía a capa y espada lo que antes negaba. Ella misma. La permanencia de ella misma.

            Vamos ya con esas experiencias básicas que habrían de aportar al grupo algo de la ansiada luz que se había propuesto alcanzar por sí mismo. ¿Cuándo me he sentido yo a mí mismo, más real, más de verdad? Y se describieron tres experiencias profundas, intensas, auténticas, donde aflorara el mí mismo.

            a) Durante un voluntariado en Perú, ayudando a niños pequeños, sintió cómo “todo rodaba”, que “se dejaba llevar”, que “no luchaba” contra los inconvenientes, fluía, y a la vez era “fiel a sí misma”. Una situación en la que el exterior penetraba en el interior sin resistencia y la respuesta aparecía sola.

            – ¿Qué capacidades sentías más diáfanas en ese estado?

            – Mi voluntad era clara.

            – ¿Qué más?

            – Era capaz de aventurar nuevas respuestas, más creativas.

            Pero, esta experiencia tuvo un momento crítico, como siguió narrando su protagonista: las fotos que habrían de conservar esos momentos dichosos se perdieron en el viaje de vuelta.

            – ¿Qué te dolía más de esa pérdida?

            – El que fueran testimonio de una experiencia tan maravillosa y se perdiera…

            – ¿Qué sentimiento representaban para ti dichas fotografías?

            – La felicidad que allí sentí…

            – ¿Y no sigue estando presente en ti? Eso que allí desarrollaste…

            – Sí, muy presente.

            b) Hubo un tiempo en que esta participante vivió una depresión importante… y descubrió el pintar. Pintaba horas y horas, se “olvidaba de todo”, “el tiempo no existía”, en esa actividad se sumergía y “era ella”, “no necesitaba nada más”.

            – ¿Y sólo era el tiempo que pasabas pintando?

            – No eran las horas que pintaba, sino la intensidad con que lo hacía. La sensación de estar sumergida totalmente. Una sensación de unidad total con lo que hacía.

            – Pero dices que te olvidabas también de las horas que pasaban, ¿eras consciente de lo que hacías mientras lo hacías..?

            – Totalmente consciente

            – ¿Y eras consciente de lo que hacías o de ti misma que lo hacías…?

            – Ambas cosas.

            c) Durante el transcurso de su carrera universitaria pasó por una fase autodestructiva, en la que incluso llegó a tomar muchos medicamentos, pero cuando meditaba “se distanciaba de sí mismo” y sus problemas actuales, “no sentía miedo a la muerte”, incluso le venían “flashes de la infancia” muy temprana. Es decir que, en medio de la fragilidad de su vida, emergían experiencias poderosas.

            – ¿Cómo te sentías en ese estado meditativo?

            – Una gran libertad, una gran creatividad

            – ¿Y qué más?

            – Aumentaba mi capacidad de observación, de penetrar en las cosas…

            – Tú observabas…

            – Era capaz de sentirme.

            – También, ¿sentías al que observa, el observador…?

            – Así es.

            Preguntábamos –y vosotros con nosotros– quienes somos en lo profundo de nosotros mismos, de qué estamos hechos en la hondura en calma del océano, y estas experiencias nos lo estaban revelando. El grupo hizo acopio de lo hallado, como tú puedes hacer lo mismo. Quizás consistamos de verdad en algo de todo eso, o al menos, algo hermanado con todo eso: la transparencia interior, la clara voluntad que emerge del interior y crea nuevos mundos, o tal vez son creados a través de ella misma, una felicidad sentida en sí y por sí, sin objeto, inenarrable, un estado de presencia interior que no depende de nada exterior para ser, con una intensidad sin límite, una fuerza que te liga al universo entero, una consciencia lúcida de los objetos y, a la vez, autoconsciencia de uno mismo como sujeto que ve, siente o hace, un estado de libertad y creatividad totales, yo mismo sin condicionamientos ni limitaciones, en que todo sale fácil y con naturalidad de mí a través de mí, una capacidad de penetrar en la verdad de las cosas y situaciones bajo su superficie, en que puedo sentirme mientras siento y me siento…

            Cualidades esenciales de mi yo profundo, único y permanente, más allá / más acá de mis fluctuaciones mentales, emocionales o físicas. Pero entonces, ¿te vale esta respuesta provisoria? Por lo menos, procura estarte atento a esos momentos en que tú eres tú mismo… ¿De qué están hechas esas tus experiencias, tan tuyas? Mientras las estás viviendo… Antes de que se transmuten en recuerdos o deseos, imágenes de tu mente, y quieras contarlas, dejando de ser lo que son; por ese mismo  gesto mental: re-presentación y no ya presencia, cosa y ya no ser.

Sólo a partir de que había dudado acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy evidente y ciertamente que yo era, mientras que, con sólo que hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón alguna para creer que yo era[iv].

El estado de yoga es la detención de la actividad automática de la mente.

Entonces, el que observa permanece en su propio centro.

En las demás ocasiones, se identifica con la agitación mental[v].


[i]Café filosófico celebrado en Vélez-Málaga (10.9), el día 21 de junio de 2019, en la cafetería Área Quattro, a las 17:30 horas.

[ii]Vivir, poema inédito del autor.

[iii]Lou Marinoff, Más Platón y menos Prozac.

[iv]Descartes, Discurso del método.

[v]Patanjali, Yoga-sutra.

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