Sobre la sinceridad

Sobre la sinceridad

¿Siempre hemos de ser sinceros?

Antes de dialogar sobre la sinceridad, en el encuentro hubo lugar para plantear diversos deseos radicales. Pero, ¿qué puede ser eso? Estamos habituados a expresar deseos particulares, referidos a la vida propia, o bien, a la vida de las personas o situaciones que nos rodean. Al menos, de una manera sentida. De ahí la virtualidad de este ejercicio filosófico. Un deseo radical no es extremista o exagerado –eso puede venir después, para bien o para mal– sino que va a la raíz del asunto, a lo esencial o fundamental o básico, a lo más importante, el origen desde donde se genera todo el tropel de consecuencias deseables o no deseables, visto desde una perspectiva general o universal… lo más posible. No está de moda lo común ni lo universal y, quizás por ahí, nos vengan muchas de las pérdidas actuales, fugas de “lo mejor posible que podamos”. Mirad la política habitual, mirad la economía establecida… miremos nuestro propio desarrollo moral, como aconsejaba mirarlo Lawrence Kolhberg.

Pues bien, a continuación, una justificada muestra de radicales deseos: poner conciencia en lo que hacemos y decimos; no olvidar que siempre está disponible el diálogo, educarse para estar dispuesto a dialogar; libertad, sí, pero fraterna, no de la mal entendida libertad, no excluyente, solidaria; no olvidar que el bien común me incluye siempre a mí también; una paz mundial, basada en la justicia, como nos recordaba en la práctica Mahatma Gandhi; tampoco olvidar el cotidiano regalo de la vida en mí, que me hará capaz de apreciar la vida de los otros; y el amor, que no es el romántico amor, sino el sentimiento de unidad con todo, la comunicación, comunicarnos, radical deseo y básico para todo lo demás; y, cada vez más, engrosar la gente que no quiere irse a vivir Marte (Jorge Riechmann); valorar la vida natural de nuestro planeta, que no puede separarse de un uso responsable de la tecnología, en una era tan científica y tan tecnológica como la nuestra.

Volviendo al tema central del encuentro filosófico: sí, hay que ser sinceros, pero es más importante todavía considerar si en ello duermen límites que hay que mantener bien despiertos. Por  ejemplo, yo debo ser sincero tras respetar la voluntad del otro, de querer saber la verdad, y no delante, ponerse uno por delante, un afán ansioso por decir la verdad a toda costa, cuando es posible que ni siquiera los interesados nos lo hayan preguntado. No olvidar que la verdad no es mi verdad, sino que la verdad es poliédrica, que sólo accedemos a una perspectiva de la realidad, como nos enseñó Ortega y Gasset, integrando mi verdad con tu verdad. Y Antonio Machado:

¿Tu verdad? No, la Verdad;y ven conmigo a buscarla.La tuya, guárdatela.

Considera también si una sinceridad que produzca daño –quizás, incluso, me lo produce a mí– no sería, de nuevo, un exceso de sinceridad, que puede llegar a ser innecesaria o contraproducente. En esta línea, consideró el diálogo si es posible que el hecho de ser sincero, te haga más vulnerable ante los demás, sobre todo para aquellas mentes más interesadas y oportunistas. O si mostrarse vulnerable es, en verdad, un inconveniente o bien incluye sabrosos frutos a medio o largo plazo. Desde luego, el nudo gordiano no está en que los demás te etiqueten, sino en que tú mismo te pongas, o asumas, las etiquetas. Y esto es una cuestión del desarrollo personal de cada uno. Aunque, es cierto que también para esto dialogamos en un encuentro filosófico como éste: para ser más nosotros mismos y conocernos mejor, con la ayuda del espejo que son los demás.

Por supuesto, un límite ineludible, que lo cambia todo y predispone por completo al oyente –favorable o desfavorablemente– se refiere a la forma de presentar lo que decimos o nos disponemos a realizar. Y, por ahí, el grupo de discusión comenzó a pergeñar la idea de una sabia sinceridad. Es posible que alguno de ustedes, que leen esto, puedan llegar pensar que la escucha de estos límites de la sinceridad, en lugar de convertirla en una sinceridad bien entendida, la transmuta en hipocresía o falsedad, incluso, pudiera llegar a mezclarse de egoísmo insensible. Por esto, es tan importante la consideración a una sinceridad prudente o sabia, virtuosa, como se dijo durante el encuentro. ¿Cuándo y cómo decir lo que uno piensa? Esto requiere de ciertas virtudes, que han de ser desarrolladas, para poder ejercer una sinceridad madura, buena para uno mismo y para los demás: la comprensión abierta de la situación, una capacidad suficiente para sentir con el otro (compasión), el amor o sentimiento de unión con los demás, que son como yo y sienten como yo… tratan en lo posible de ser sinceros, cada uno con sus dificultades y aciertos. Que yo puedo ser sincero, al margen de si lo son los demás, y esto depende de mí, siempre.

En definitiva, la pregunta que uno mismo debe hacerse, para hacer un buen uso de nuestra capacidad sincera en el decir y en el obrar (autenticidad, que los antiguos griegos llamaban parresía), es la siguiente: ¿Qué busco yo al tratar de ser sincero? ¿Qué me mueve…? Es decir, la necesidad imperiosa de examinarme yo, si soy capaz de ser sincero conmigo mismo, primero y antes de nada. Pues, de lo contrario: ¿realmente puedo llegar a ser sincero con los demás, si antes yo no lo soy conmigo mismo? Necesitamos una mínima transparencia de nosotros mismos, ser nosotros mismos… Y si soy yo quien dice o hace, la sinceridad la manifiesta mi sola presencia. Y si soy yo, puedo entonces, perfectamente, decidir si algo lo digo o no lo digo, lo hago o no lo hago. Así no soy, en absoluto, falso o hipócrita. Soy yo. Y si lo soy conscientemente, tendré en cuenta mis circunstancias, las de la verdad que creo transmitir. Ortega y Gasset, ipse dixit:

Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo.


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Los beneficios de los árboles en el campo y la ciudad

Los beneficios de los árboles en el campo y la ciudad

Organizado por la Sociedad de Amigos de la Cultura, decenas de personas asistieron el pasado martes día 14 de este mes, en la sala del Mercado de San Francisco de Vélez-Málaga, al acto de presentación del nuevo libro de Rafael Yus (GENA-Ecologistas en Acción): “Árboles forestales y ornamentales de la Axarquía”, haciendo un apasionado elogio de las funciones esenciales y saludables de unos seres vivos que merecen nuestra admiración y respeto por lo mucho que nos aportan,  animándonos a cuidarlos con el mismo entusiasmo que actualmente están conquistando las mascotas familiares. 300 páginas de textos rigurosos y fotografías didácticas que son un magnífico regalo en estos tiempos en que los libros están perdiendo los valores que reivindican estos 76 personajes de nuestro paisaje, en la sierra o en la ciudad, y que Rafael Yus  los hace visibles y saca del anonimato

El autor, insistió en que los árboles son los seres vivos más majestuosos que existen en la naturaleza, no sólo por el tamaño que pueden llegar a alcanzar, sino por su longevidad y su porte. Cada árbol tiene su propia elegancia, su forma de estar en la naturaleza o en los jardines o calles de nuestras ciudades. Todos los pueblos tienen “su” árbol, el que les simboliza, el que ha sido testigo mundo de generaciones tras generaciones, el que figura como parte del decorado del escenario de sus vidas. Ello explica el dolor que mucha gente siente cuando ven su árbol abatido, sea por razones naturales o por razones de ordenación urbana. Los árboles, son el refugio y el sustento de multitud de seres vivos de todos los reinos, y su mera existencia ya nos están indicando un plus de salud del lugar en que se encuentran, sea en los ecosistemas naturales o en nuestras calles y jardines. Este manual, parte de los sesenta artículos publicados en la revista de publicidad veleña “Todo”, a los que se le ha añadido más información y mucha más ilustración. Su objetivo es dar a conocer a los pueblos de la Axarquía la riqueza que tienen en sus montes (árboles forestales) y en sus ciudades (árboles ornamentales). No sólo es útil para identificar estos majestuosos seres vivos, sino también para conocer sus usos tradicionales y las creencias que ha habido en torno a ellos. Razones poderosas para amarlos y defenderlos de su maltrato y destrucción

Sobre el perdón

Sobre el perdón

Café Filosófico en Vélez-Málaga 11.3

27 de diciembre de 2019, cafetería Bentomiz, 17:00 horas

¿Qué es perdonar? ¿Todo es perdonable?

¡Extra, extra de Navidad! Nuevo Café filosófico inaudito, a petición de algunos antiguos alumnos, entusiastas participantes.

Como los que forman parte de estos encuentros filosóficos no están para hacer uso de la filosofía, sino a su servicio, quedaron emplazados en uno de los últimos días del año 2019, y así dar salida a   su demanda e inquietud filosófica.

Ya que se trataba de un Café filosófico especial, cabían dos preguntas. A los nuevos asistentes: ¿qué buscas? Y a los reincidentes: ¿qué encuentras? A través de sus respuestas se presentaba una buena oportunidad para recordar o intuir, según los casos, de qué iba una reunión como esa. Y de una manera natural fueron saliendo a la palestra algunas de sus claves.

Entre todos, en poco más de media hora, los ingredientes básicos de una posible definición de lo que es el perdón (perdonar o sentirse perdonado) iban emergido, componiendo la esencia de este acto humano, tan humano. Algunos de tales ingredientes se contrastaron con los casos más típicos pero otros emergieron en el transcurso del diálogo filosófico. Y se ha de decir, cuando se puso a prueba esta receta de ingredientes fundamentales – hacia el final del encuentro –, que la mismísima Wikipedia apenas tenía nada valioso que añadir. Ahora mismo os ofrece este relator todo el plato completo, para vuestra degustación: primero de todo, perdonar es sanar, aliviar, reparar un daño u ofensa (que no es lo mismo, aunque no fue el momento de reflexionar sobre ello); implica, también, una renuncia al rencor, a la venganza, al odio; asumir el error, o el cúmulo de errores, lo que quiere decir que la ignorancia está siempre presente en el objeto (mejor, en el sujeto) del perdón; el perdón, asimismo, supone la aceptación de éste (por una o por todas la partes, esto fue debatido por un rato); pero, como decíamos, en el recorrido que siguió la discusión, aparecieron otros importantes ingredientes: primero la generosidad, el estar abiertos al perdón, que no es otra cosa que restituir el amor; y segundo, la comprensión del otro. Esto último dio lugar a una bonita discusión posterior.

Pero solamente os contaré – el resto habréis de imaginarlo por las insinuaciones anteriores – el énfasis que el grupo de trece personas allí asistentes puso en la necesidad de perdonarse a uno mismo, tanto si se trata de una cuestión meramente individual, como si implica a otros, que es lo más habitual en este tema del perdón. Porque mirad: si yo no tengo una buena relación conmigo mismo, difícilmente podré perdonarme en sucesivas ocasiones, ni tampoco me resultará sencillo – a veces es imposible – perdonar a los demás. Y es que hay perdón en función, no tanto de qué sea lo perdonado, más grave o más liviano, sino más bien en función del quién sea quien perdona, que podemos resumir: resultado de la trayectoria vital de cada uno de nosotros. Por lo tanto, en esto habría que poner sumo cuidado, en el desarrollo personal de cada uno de nosotros. Esto te trasmiten los participantes y esto se explaya un poco más a continuación.

¿Todo puede ser perdonado? ¿El perdón posee límites? Como ya en parte se ha anunciado, el componente individual o personal es clave para responder a esta pregunta. Lo que para uno es perdonable, para otro no lo es en absoluto. De todos modos, la generosidad y la comprensión son esenciales de cara a un eventual aprendizaje del perdón, si es que partimos de que es preferible vivir en el perdón, que no vivir sin ello. No digamos ya, convivir. Lo que nos abre hacia una nueva pregunta: ¿todo es compresible? Sí, todo puede llegar a ser comprendido… ¿Esto significa que todo contiene la posibilidad de ser perdonado? Pues sí y no. Aquí el grupo llegó a una crucial distinción: el acto y la persona detrás del acto. Si nos referimos a lo primero: no todo es perdonable, o al menos hay acciones que necesitan de una reparación o justicia suficiente; si nos situamos en lo segundo: toda persona  puede llegar a ser comprendida y perdonada. Es decir, que perdonar a la persona no implica que haya que perdonar sin más el acto. Y que no disculpar el acto, signifique que no podamos entender a la persona que ha realizado el acto. Suculentos ejemplos fueron expuestos allí, aquella tarde, pero los hemos dejado para el disfrute privado de los que allí estuvieron. Vosotros podéis tener en cuenta vuestras propias situaciones vitales. ¡Buen día y buen año!

Sobre el conocimiento y el dolor

Sobre el conocimiento y el dolor

Café Filosófico en Vélez-Málaga 11.2

13 de diciembre de 2019, cafetería Bentomiz, 17:30 horas

¿El conocimiento lleva al dolor? Este fue el tópico, en el sentido lato, de aquella tarde. Puesto en cuestión convenientemente por parte de los asistentes. A la vez, pudieron ellos comprobar –como tú, si hubieras estado allí– por donde discurre un verdadero diálogo: la transformación interior de los participantes, que se nota en el cambio de expresión y de opinión. Veréis: inicialmente, se procedió a una votación para ver quiénes estaban a favor, en contra o tenían dudas acerca de dicha cuestión; y lo mismo se hizo hacia el final de la discusión. Y no importa tanto que variaran las proporciones de adeptos o detractores, sino que más de la mitad de los participantes habían cambiado su apreciación primera del asunto.

Pero antes de todo esto, el conductor del encuentro planteó la consabida cuestión de reflexión previa: ¿cuándo me he sentido yo escuchado o no escuchado? Con su otra cara: ¿Cuándo yo he escuchado o no he escuchado? Y los allí presentes fueron desgranado sus experiencias, a la par que  las sensaciones de confortabilidad dentro de la reunión aumentaban. Para esto es… Y precisamente, nuestro espacio filosófico es un lugar donde esto es posible… Escucharse. Quizás por eso, en el fondo, es deseado… Porque hace falta algo así en este mundo rápido, por el que pasamos muchas veces de perfil o de puntillas. Estando sin estar.

Pues bien, entabló contienda la experiencia dolorosa –que tan fijada queda siempre– de lo que muchas veces sucede (que el conocimiento produce dolor) con la convicción de que no siempre sucede, y que no tendría por qué suceder. De hecho todos tenemos experiencias de ambas clases. ¿Por qué pesa una más que otra a la hora de la valoración general? ¿Dependerá de nuestra actitud, de nuestro estilo activo o reactivo frente a estas experiencias? A veces preferimos no saber, “lo que sea será”, no ver, pues si no vemos parece que no existe… O bien, también contamos con la repetida experiencia de todo eso que hemos evitado sabiendo, o nos habríamos evitado de haber sabido más o mejor. Unos y otros, a favor y en contra fueron introduciendo sus consideraciones, aunque la negativa (que el conocimiento no lleva al dolor) fue ganando terreno, o al menos eran los participantes más argumentativos. Que si es una idea ingenua su afirmación, que si el dolor forma parte del hecho de ser persona y su proceso de maduración, que si es realmente la ignorancia la que produce verdadero sufrimiento, que al menos te puede hacer tomar conciencia del dolor, vivirlo a fondo y poder crecer…

Un escenario de contrastación de este tópico se nos presentó a todos los asistentes: ¿los niños pequeños, antes de su educación (o domesticación social, más razonable o menos), son felices porque no saben? ¿Son felices porque son idiotas? (En su sentido etimológico: vivir cada uno en su propio mundo, encerrado en él) Y desde aquí surgió una más que apropiada diferenciación: entre saber y sabiduría. Los niños puede que no sepan muchas cosas, hacerlas, cambiarlas, que no tengan experiencia de la vida ni sus capacidades demasiado desarrolladas para acumular y entender más, pero es posible que sean sabios en el vivir: estar aquí y ahora presentes, no sufrir tanto, ni tanto tiempo, a consecuencia de sus mentes mucho más descargadas que las nuestras, de ideas o frustraciones. Así que es posible imitar, e ir más allá de los niños pequeños, hacia una docta ignorancia (Nicolás de Cusa, siglo XV), que sea capaz de situarse en lo esencial o imprescindible para vivir bien, conscientemente, un aprendizaje permanente del vivir.

Así pues, ya puedes entrever la conclusión que te aportan los participantes del café filosófico del mes de diciembre, para que sigas pensando, siendo y actuando por ti mismo. Una respuesta adecuada al tópico propuesto (y con resignación admitido a veces) te debería llevar a distinguir qué tipo de ignorancia, qué tipo de conocimiento, por un lado. Así una ignorancia tozuda o perezosa es claro que no te lleva por buen camino, pero sí una ignorancia del exceso de lo superfluo, de la cantidad y no de la calidad, una ignorancia de lo que no merece la pena, plagado de tropiezos constantes y sufrimientos insustanciales; tampoco un conocimiento enciclopédico, excesivo por especializado, o confuso, sin criterio, un todo revuelto, o un todo acumulado y apilado, te ayuda mucho, todo lo contrario, pesa, agobia, paraliza… Sería distinto un conocimiento articulado, ordenado desde la experiencia propia y el autoconocimiento, un conocimiento con referencias, que incluya o se oriente a valores… Por otro lado, lo mismo sucede con el dolor: hay dolor y hay sufrimiento. El dolor forma parte de la vida y ha de ser vivido también, conscientemente y a fondo (así se vuelve menos doloroso y es por sí mismo, siempre, autodidacta), pero el sufrimiento está repleto de ideas, conocimientos que prefiguran la realidad e impiden verla tal como es, creencias habituales que condicionan la vida y la vuelven un calvario o un vale de lágrimas. De eso es mejor no saber, mejor no tener mucho. Pero esto sólo se logra con una actitud plenamente despierta y consciente. Sabia, o en el camino de la sabiduría. Una vida bien orientada. Al menos… eso.

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